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Libros y lecturas de Felipe Godínez

In Godínez on November 28, 2010 by Sánchez-Cid, F.J.

Libros y lecturas de Felipe Godínez

Francisco Javier Sánchez-Cid

El catorce de octubre de 1613 Felipe Godínez compareció ante Francisco Enríquez, el escribano público de Moguer con el que la familia del poeta mantuvo una relación más asidua y estrecha, para reconocer una obligación de pago[1]. Dada la escasez de datos biográficos del dramaturgo que todavía padecemos, cualquier documento referido a él nos resulta valioso; pero éste reúne además unos rasgos en cuanto a su contenido y circunstancias de la vida del autor que lo hacen especialmente relevante.

De la actividad de Godínez durante el bienio de 1613 y 1614 tenemos tan sólo cuatro noticias concretas, a pesar de ser un período decisivo en su trayectoria personal, con lo cual se acentúa la oscuridad que rodea a nuestro autor en algunos de los momentos claves de su existencia. Las cuatro lo sitúan en Moguer, aunque únicamente en tres fechas distintas y con una cierta separación temporal.

La primera es una escritura de donación de una viña y un almendral, situados ambos en el pago de las Gallegas y gravados con tributos, que sus padres le efectúan el 27 de agosto de 1613[2]. No era la primera donación que recibía de Duarte Méndez Godínez y doña María Denis, pues justo nueve meses antes su progenitor le hacía entrega de unas botas de vino para sufragar los gastos derivados de su ordenación sacerdotal, sobre la que volveremos más adelante, y hacía poco más de dos años -el 23 de mayo de 1611-  había aceptado la entrega en propiedad por parte de aquéllos de una casa en la calle Vicario viejo, con sus corrales, bodega y jardín, que la imaginamos colindante o, al menos, cercana a la vivienda familiar[3].

Los dos solitarios instrumentos notariales que tenemos firmados por Felipe Godínez en el año 1614 los otorgó el mismo día: el 4 de abril, pero ante escribanos distintos. Ambos se refieren a idéntico objeto: una viña en el lugar llamado Castilleja, en el término de Moguer. El documento que rubricó ante Francisco Enríquez es la imposición de un tributo al quitar de 143 reales de renta anual sobre dicha viña, que había pertenecido a su cuñado, el licenciado Váez de Acosta, y que acababa de comprar por 2.500 reales en esa jornada –la carta de esta transmisión se archivó junto con los protocolos de 1612-, como contraprestación por un capital de 260 ducados (2.860 reales) que recibe en el acto; esto es, una operación de préstamo hipotecario, sobre la garantía de la finca, a un interés constante del 5% que se comprometía a pagar cada año a Juan Martín Beltrán Muñoz, vecino de Moguer, y que se podía redimir por el tomador o prestatario cuando quisiese amortizando el total de dicho capital[4]. Ante Juan Vázquez Cordero, el otro escribano público de la localidad en ejercicio aquel año, concedió una carta de pago por los 500 reales en que vendió la cosecha de esa temporada de la citada finca[5].

Es entre esos dos momentos donde se sitúa la obligación de pago con la que comenzábamos este artículo y cuyo contenido centrará nuestro interés; mas, antes de entrar en materia, esbocemos las circunstancias que rodeaban a nuestro autor a partir del análisis de estos y otros documentos.

La primera impresión que podríamos obtener de su lectura es que, desde el verano de 1613, Felipe Godínez se había establecido en la villa con la intención firme de radicarse en ella. Esta idea se vería reforzada por el hecho de que en todos esos documentos se afirma su vecindad en Moguer. En tres años, a partir de la primavera de 1611, había conseguido reunir un notable conjunto de propiedades, que le permitían vivir con el desahogo acorde a su rango, compuesto por los siguientes bienes raíces:

-Dos casas en la calle Vicario viejo. A la primera, la procedente de la donación de sus padres de la que ya hemos hecho mención, añadió otra casa de morada que debía ser bastante modesta, pues el precio que pagó por ella al comprarla en marzo de 1612 -10 ducados (110 reales)- era manifiestamente bajo[6]. Sobre una y otra se pagaban sendos tributos, de 50 ducados (550 reales) en el primer caso y de sólo 5 reales en el segundo.

– La viña y el almendral de las Gallegas, recibidos también de sus padres.

– La viña que adquiere en abril de 1614 en el pago de Castilleja.

No debían de suponer una cantidad despreciable los ingresos que la venta de sus cosechas  le reportaran, a tenor de lo que percibe por ellas en los documentos que conocemos, y cuyo comprador, Francisco de Olivares, con quien parece iniciar una relación comercial por estas fechas, es un moguereño que vendía sus productos en Sevilla. Este mercader le adquiere el mosto de la vendimia del cortijo de Castilleja en 1614 por 500 reales, como ya vimos, y el fruto de la almendra del año 1617 por 40 ducados (440 reales)[7].

A estas entradas de numerario habría que añadir las obvenciones que le correspondieran del servicio como titular de la capellanía en la iglesia de San Jorge de Palos, de la que se le había hecho colación por el arzobispo de Sevilla a fines de julio de 1610, y bajo cuyo título de capellán había sido ordenado de subdiácono en diciembre del año siguiente –“ttlº capellanis”, reza en el acta eclesiástica[8]. Desconocemos si atendía alguna otra capellanía en la comarca -es probable que así fuese-, pero, de todos modos, esto supondría un nuevo indicio de su asentamiento pastoral y vital en la zona. Tampoco podemos saber si sus ocupaciones en la capellanía palerma hacían necesaria su presencia habitual en la localidad, pues la pérdida de los registros notariales de la villa para esos años -un infortunio bastante frecuente en nuestro seguimiento de las trazas de Felipe Godínez- nos impide conocer si realizó en ella actividades que le requirieran tiempo y cuidados.

Deteniéndonos en la situación de la carrera eclesiástica del dramaturgo, en la que nos hemos introducido ya en el párrafo anterior, hemos de observar que nos encontramos en el arranque de su ministerio sacerdotal. En efecto, entre el 22 de diciembre de 1612, fecha  en la que se ordenó de diácono,  y el 27 de agosto de 1613 fue ungido con el grado superior del estado clerical, el presbiterado. Es esta la forma, clérigo presbítero, con la que se le designará a partir de esa fecha -la de la donación que recibe de sus padres- en todos los escritos referidos a su persona. Dónde tuvo lugar esta ordenación es algo que no podemos afirmar aún. Podría pensarse que fue en Faro, dado que es la localidad que se cita en la escritura por la que su padre le entrega unas botas de vino con cuya venta pudiera sufragar los gastos de su ordenación[9]. Pero reparemos en que ésta sería de Evangelio, es decir, el diaconado, que ya hemos visto que se realizó el mes siguiente en Sevilla. Esta carta de noviembre de 1612, ya publicada por la profesora Bolaños, en la que se le titula bachiller y clérigo de epístola, nos proporciona también otro detalle que merece que reparemos en él[10]. Se menciona en ella la intención de Godínez de impetrar “un buleto”, requisito necesario para poder llevar a cabo su objetivo. Creemos que se refiere a letras o cartas dimisorias, instrumento mediante el cual el titular de una sede apostólica autoriza o consiente que un clérigo de la diócesis de la que él es ordinario pueda recibir un grado eclesiástico en otro obispado distinto al suyo. De esta forma, se llega a la conclusión de que el dramaturgo no obtuvo la última dignidad sacra en Sevilla –esto ya era casi seguro-, pero seguimos sin saber aún si esta acción tuvo como escenario la ciudad costera portuguesa u otra sede episcopal. En Faro no hay esperanzas de poder comprobar este extremo, puesto que su Archivo diocesano fue presa de un incendio que destruyó los fondos de este período, según nos informó su archivero.

Digno de atención es otro detalle consignado por los padres del poeta al escriturar la entrega de parte de la hacienda de la futura herencia de su hijo, cuando expresan que “tiene estado de predicador y sacerdote”. Si bien lo segundo es redundante, tras manifestar que es clérigo presbítero, la indicación del menester pastoral de Godínez es muy interesante, pues nos señala que, al margen de la atención a aquellas fundaciones de que era capellán, nuestro autor se ejercitaba ya entonces en la oratoria sagrada, que al correr el tiempo le daría la fama cierta de que se haría eco Pérez de Montalbán, y que como veremos en otra ocasión lo obligaba a llevar una vida un tanto itinerante practicando sus artes en hospitales, misiones y todos aquellos lugares a los que fuera requerido para pronunciar sermones con ocasión de alguna festividad o celebración especial[11]. A nuestro entender, al margen de sus facultades para las alocuciones públicas, determinadas por su erudición, conocimiento de la doctrina o dominio de la retórica, en esta dedicación hay algo a lo que viene obligado, al menos en parte, por tener vedada la designación para un curato, pues en un breve pontificio de 18 de enero de 1612 se impone la exclusión para el nombramiento de párrocos de aquellos que no pueden acreditar su limpieza de sangre, a quienes se les niega por tanto el ejercicio de la cura de almas[12]. Sería ésta una puerta que se le cerrara a nuestro autor  poco antes de su ordenación sacerdotal.

De no menor trascendencia es la variación que se aprecia entre las dos fechas en cuanto a su graduación académica. En los ocho meses que median entre su acceso al diaconado y su reaparición en Moguer en el verano de 1613 pasó de bachiller en teología a licenciado –resulta obvio que en la misma especialidad. No vamos a entrar ahora en especulaciones sobre sus estudios anteriores a los realizados en el Colegio de Santa María de Jesús, cuestión que se sale de lo que aquí nos ocupa; pero, dando por hecho que concluyera la licenciatura iniciada en la Universidad hispalense, puesto que es más que probable que no la obtuviera allí, queda en pie esta pregunta: ¿en qué ciudad se graduó Felipe Godínez? Si reparamos en que su unción sacerdotal y su título de licenciado se concentran en un intervalo temporal de pocos meses, cabe pensar que ambos acontecimientos pudieron tener lugar en la misma localidad o en sitios relativamente próximos. De cualquier manera que sea, por el momento no hay respuesta para estas cuestiones.

No podemos dejar de referirnos, para acabar de centrar la peripecia vital del escritor en estos años, a sus tentativas teatrales, a las que se refería Cervantes con “comienza a hacer de sus comedias nuevo ensayo”[13]. Estaría fuera de cauce intentar matizar qué creemos quieren decir en rigor esas palabras o extendernos en la cronología exacta de las primeras obras conocidas de Godínez, tarea que queda para otra ocasión. Acerca de lo que no hay motivo de duda es de que por aquellas fechas subieron a las tablas algunas comedias cuya autoría por nuestro dramaturgo no es discutida –La reina Ester, Ludovico el piadoso, o La paciencia de Job-, pero también El soldado del cielo, San Sebastián, pieza esta última sobre la que no existe unanimidad en la atribución[14]. En definitiva, nos encontramos en un momento en el que su obra teatral resulta visible, así como el nombre de su creador, y tuvo cierta repercusión –desgraciada para el propio dramaturgo- antes de entrar en una etapa de oscurecimiento.

Tras esta introducción, volvamos al documento sobre el que se construye este artículo. Se trata de una obligación de pago que el licenciado Felipe Godínez, presbítero, vecino de Moguer, reconoce haber contraído con Juan Belero, mercader de libros, vecino de Sevilla, en la calle Génova -donde se apiñaban los establecimientos de los libreros en esta ciudad- por una cantidad de 320 reales; precio por el que le compró unos ejemplares de varias obras, que tiene en su poder y de las que se da por satisfecho. El plazo que se pone para saldar la deuda, en dos pagas a efectuar en Sevilla con las costas de la cobranza a cargo del deudor, es del 1 de enero de 1614 para la primera y la Pascua Florida de ese mismo año para la otra mitad. La fecha de la carta es el 14 de octubre de 1613[15]. Pero antes de continuar detengámonos en quién era este mercader de libros del que fue cliente Godínez.

Juan Belero era de origen flamenco.  Casi con certeza, miembro de la familia de impresores de Amberes, los Belaert, Bellerus o Belleros, que, procedentes de Lieja, se dedicaron en este importante centro de producción bibliográfica a editar obras, sobre todo, en latín y en español[16]. Dos hermanos destacaron en este negocio, Juan y Pedro, cuyo padre, Lucas, también había sido impresor[17]. Ambos estaban muy bien situados y relacionados en el sector de la edición de libros: participaban en las ferias internacionales de Francfort o Basilea; establecieron vínculos con egregios humanistas de la época; emparentaron con otros notables editores –Pedro casó con una hija de Steelsio- y formaron una auténtica dinastía de las prensas, que continuó con la siguiente generación, pues los hijos del mencionado Pedro, también llamados Pedro y Juan, mantuvieron la imprenta del padre tras su muerte en 1600, de donde salió, entre otras muchas obras, una edición de La Arcadia, de Lope de Vega, en 1617[18].  Pudiera ser el librero de Godínez hijo del primero de los juanes citados, que estuvo activo en Amberes, por lo menos, desde 1554, en que da a la luz Parte primera de la Crónica del Perú, de Pedro Cieza de León, hasta 1604, fecha de la reimpresión en sus talleres de la Silva de varia lección, de Pedro Mexía, sevillano al igual que el anterior. En todo caso no parece que sean la misma persona[19].  Por otra parte, no es de extrañar que un miembro de una familia de impresores flamencos residiese en Sevilla, por la proyección que supondría para su negocio en España y América. De los también antuerpienses Keerbergium, Pedro –Querbegio en los documentos notariales hispalenses- mantenía aquí tienda abierta, e incluso actuaba como agente de la imprenta de su padre y hermano contratándoles  publicaciones; valga como ejemplo el acuerdo cerrado con el Dr. D. Juan del Castillo Sotomayor en abril de 1624 para la edición de la segunda parte de su tratado de las conjeturas e interpretación de las últimas voluntades[20].

El establecimiento de Juan Belero en la orilla del Guadalquivir, a buen seguro, debió de tener un carácter internacional, llegándole a través de sus contactos familiares flamencos fondos bibliográficos de las imprentas principales de distintas ciudades europeas, como la misma Amberes, Colonia o Lyon. De igual modo mantenía tratos para la compra de libros con los más emprendedores e ilustres mercaderes del sector en toda la Península; así con Alonso Pérez de Montalbán, el proveedor de la Corte y padre del dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, a quien debía 1.504 reales en 1617 y con el que se obligó, como muchos otros libreros sevillanos, a pagarle cierta cantidad por la entrega de una partida de libros en latín y romance en mayo de 1623[21]. No se desentendió tampoco de la demanda americana, como muestra el recibo que concedió a Nicolás de Guadalupe por el pago de treinta cajas de libros que llevaba a Lima para Tomás Gutiérrez, comerciante librero que, curiosamente, contribuyó con una remesa de dinero a la ordenación eclesiástica del referido Juan Pérez de Montalbán[22]. Del conocimiento que alcanzó sobre la materia de su negocio tenemos pruebas: sus servicios eran requeridos para tasar lotes de libros, verbi gratia los enviados a América[23], o bien, cuando una biblioteca de interés salía en almoneda, Belero pujaba por ella. De este modo obtuvo por la nada despreciable suma de 510 ducados (5.610 reales) la valiosa colección de libros especializados del doctor Simón de Tovar en junio de 1598[24]. No es ocioso, dado el tema que tratamos, recordar aquí que el hijo menor de este médico portugués establecido en Sevilla y amigo de Arias Montano -muy vinculado, a su vez, con el mundo editorial de Flandes tras su estancia en aquellas tierras-, emparentó por vía matrimonial con Godínez, al casarse con su hermana Leonor[25]. Como se puede ver, nos han ido saliendo nombres que nos hablan de la selecta clientela y de las relaciones de Juan Belero. Para reforzar esta impresión, sólo trazaremos dos apuntes más, que nos acercan al personaje hasta la corte madrileña y los aledaños de la influencia política. El primero nos lleva a D. Juan de Fonseca y Figueroa, canónigo maestrescuela de la catedral de Sevilla, sumiller de cortina del oratorio de Su Majestad, confidente y bibliotecario del Conde-Duque, que llegó a deber al librero de origen flamenco la suma de 6.180 reales, que, de ser por la entrega de fondos bibliográficos, supondría un descomunal desembolso por este concepto y que, conocidos el gran saber y la afición de este erudito por los ejemplares de mérito, sería un indicio del valor del género de que disponía Belero[26].  El segundo hay que situarlo en el conflicto que los mercaderes de libros sevillanos plantean cuando, para contribuir al servicio de los millones con que sanear las arcas del Estado, se les exige una tasa del 1% sobre los libros y 12 reales por arroba de papel impreso. Reunidos todos ellos, de común acuerdo, en mayo de 1626 otorgan poder a Francisco Belero, hijo de Juan, que residía en Madrid, para que defienda sus derechos ante los Consejos Reales[27]. En definitiva, no se trataba de un comerciante cualquiera.

Hay fundamento para sospechar que los libros que Felipe Godínez  compró a Belero  procedían en su mayor parte de una remesa que había venido a su poder muy poco antes de que despertaran la curiosidad del clérigo de Moguer, constituyendo algunos de ellos auténticas novedades. La partida procedería de Lyon y habría llegado a Sevilla a través de los agentes de algún mercader de aquella ciudad, que sabemos que actuaban aquí porque han dejado rastros documentales[28]. La relación es la siguiente:

1º. Cuatro tomos de Barradas sobre los Evangelios.

2º. Dos tomos de Pineda  sobre Job.

3º. Un tomo de Lorino sobre los Actos de los Apóstoles.

4º. Otro tomo de Del Río, In cantica.

5º. Dos tomos del dicho Del Río que se llaman Adagialia sacra.

6º. Una Biblia.

7º. Un Testamento Nuevo que es latino con versión interlineal.

8º. Un tomo del padre Feo, Quadragesimal.

Repasemos una a una estas obras, para identificar autores, títulos y ediciones.

1º. BARRADAS, SEBASTIAO (S.I.), Commentariorum in concordiam et historiam evangelicam. 4 vols. Horatius Cardon. Lyon, 1611-1613[29].

Es una de las varias obras escritas por este jesuita portugués publicadas por el egregio impresor lugdunense. Aunque estos comentarios tuvieron ediciones en Coimbra (1599-1611) y Maguncia (1601-1612), estimamos que fue la que se cita la  adquirida por Godínez, por tener idéntica procedencia que algunas de las que vendrán a continuación. Sebastiao Barradas (Lisboa, 1543-Coimbra, 1615) fue un reputado exégeta de la Biblia –profesor de Sagradas Escrituras en las universidades de Évora y Coimbra- y predicador, que por su labor como orador evangélico era conocido con el sobrenombre de “Apóstol de Portugal”. Había ingresado en la Compañía de Jesús en 1558.[30]

2º. PINEDA, JUAN de (S.I.), Commentariorum in Job libri XIII, adiuncta singulis capitibus sua paraphrase. 2 vols. Johannes Keerbergium. Amberes, 1612[31].

Nos decantamos por la edición flamenca de la exégesis que sobre el texto bíblico realizó el también jesuita padre Pineda (Sevilla, 1558-1637), por coherencia con el resto del lote, o, en su defecto, por la princeps de Madrid (1597-1601) o la hispalense de Juan René y Clemente Hidalgo (1598-1602)[32]. Otras, como las de Colonia (1600-1603) o Venecia (1602-1604), se nos figuran más improbables en las manos del dramaturgo.                Estos comentarios, de mucha difusión y enorme trascendencia no sólo en el ámbito de la teología, sino también en la literatura y en el arte, fueron escritos por “Pineda con una erudición admirable, que asombraba aún siglos después a Schultens y Delitzsch, pero capaz de agotar la paciencia de cualquiera, incluido Job”[33]. Acerca de este eminente sacerdote hispalense de la institución fundada por san Ignacio son innumerables las referencias que se podrían aducir, dado su papel capital en la cultura religiosa española y europea de su tiempo[34].

3º. LORINO, IOANNES (S.I.), In Acta Apostolorum commentaria. Horatius Cardon. Lyon, 1609[35].

Felipe Godínez leyó la primera obra publicada, en su reimpresión tras la princeps de 1605, de este representante -como los dos precedentes y el que sigue- de la edad de oro de la exégesis católica y, al igual que ellos profeso en la religión ignaciana. Jean de Lorin, también llamado Lorini o Lorino (Aviñón, 1559-Dole, 1634), fue enseñante de Filosofía, Teología y Sagradas Escrituras en París, Roma y Milán; consultor del General de la Compañía de Jesús y censor del Santo Oficio, aunque en España sus escritos fueron expurgados por dicha institución. De él nos interesa subrayar, por su afinidad  ideológica con respecto a nuestro dramaturgo, que fue gran defensor de la doctrina de la Inmaculada Concepción y que, profundo conocedor de la lengua y de la cultura hebreas, ejerció una apreciable labor de apostolado entre las comunidades judías del sur de Francia[36].           

4º.DELRIO, MARTÍN ANTONIO (S.I.), In Canticum Canticorum Salomonis Commentarius litteralis, et catena mystica. Horatius Cardon . Lyon, 1611[37].

Se antoja más factible –obsérvese la coincidencia casi total con la referencia anterior y con la siguiente- que el presbítero moguereño poseyera un ejemplar de esta edición, antes que de las de París o Ingolstadt, dadas a los tórculos en 1604.

5º.DELRIO, MARTÍN ANTONIO (S.I.), Adagialia Sacra veteris et novi Testamenti. 2 vols. Horatius Cardon. Lyon, 1612-1613[38].

No cabe otra alternativa para este repertorio de sentencias bíblicas recogidas e interpretadas por el maestro antuerpiense que la primera edición, publicada por su hermano tras la muerte de Del Río. Digna de atención es la rapidez con la que llega a manos de Godínez, que la tiene en su poder al comenzar el otoño del año de la primera salida del segundo tomo[39]. Otro librero e impresor sevillano, Alonso Rodríguez Gamarra, también se hizo con algunos ejemplares, comprándoselos con toda probabilidad al mismo agente que Belero, y los envió en ese año de 1613 a Guatemala[40].

Martín Antonio del Río (Amberes, 1551-Lovaina, 1608) fue una personalidad descollante del humanismo cristiano, con cuya doctrina buscó conciliar a los clásicos greco-latinos, de ahí la abundancia de citas de estos autores en su Adagialia. Creador de una obra diversa y muy leída en su época, de sólida formación filológica, legal y teológica, despertó la curiosidad de Caro Baroja, que le dedicó un perspicaz estudio, centrado en particular sobre sus Disquisitiones magicarum, que tanto eco tuvieron sobre legisladores y eclesiásticos de su tiempo, seguidores o detractores de sus puntos de vista en materia de demonología[41]. Su biografía no es menos llamativa que sus escritos, pues ingresó en la Compañía de Jesús cercano a la treintena, tras haberse doctorado en leyes y tras desempeñar cometidos jurídicos en el Consejo de Brabante, siguiendo los pasos de su tío, el doctor don Luis del Río, que también había sido un alto funcionario real en aquellas latitudes, formando parte del Conseil des Troubles organizado por el duque de Alba[42]. Hizo una brillante carrera académica que le llevó, como profesor, entre otras universidades, a la de Salamanca[43]. El dato de que aparezca por dos veces su nombre en esta relación es signo inequívoco del interés con el que Godínez debió de leerlo.

6º.  Biblia Sacra Vulgatae Editionis: Sixti Quinti Pont. Max. Iussu recognita et  Clementis VIII autorictate edita. Francisci Iacobi Mertzenich. Colonia, 1609.

O Biblia Hebraica. Eorundem Latina interpretatio Xantis Pagnini, B. Ariae Montani & quorumdam aliorum collato studio; cum interlineari interpretatione Latina. Ex Officina Plantiniana Raphelengii. Amberes, 1608.

A nadie se le escapa que es arriesgado deducir de la simple mención de “una Biblia” de qué edición, ni aún de qué versión del texto sagrado, se trata. Al no indicar el número de volúmenes, deducimos que es uno sólo y esto simplifica un poco el asunto –muy poco, en realidad. Podríamos pensar que era un ejemplar de la llamada Vulgata Clementina, el texto canónico en latín -aprobado, tras sus revisiones y enmiendas, en 1592- porque en el mercado normalizado de libros tendría que ser el que circulara con mayor facilidad, y más si reparamos en que el año anterior, 1612, el padre Pineda, de quien ya hemos hablado, había ultimado el índice de libros prohibidos y la vigilancia debía de ser bastante intensa[44]. El celo que ponían los inquisidores sevillanos en el control de estas situaciones se manifiesta en la carta que envían al Consejo de la Suprema a comienzos de 1613[45]. Felipe Godínez, como cualquier sacerdote católico de mínima formación intelectual, conocía la traducción latina de San Jerónimo, la oficialmente ortodoxa, y no es de extrañar que para su uso frecuente la tuviera en su poder, y bien pudiera ser ésta la ocasión en que se hiciese con ella. La edición que señalamos se encontraba en Sevilla en 1613, ya que es precisamente la que envía a Guatemala Alonso Rodríguez Gamarra en el mismo lote en el que iban otros títulos que en aquellas fechas había comprado también nuestro comediógrafo[46]. Sin embargo, por analogía con el resto de la adquisición de Godínez, no es de descartar tampoco la tirada que de esta obra lanzó en Lyon Irenée Barlet en ese año tan repetido de 1613.

A pesar de todo nos inclinamos por la segunda opción, la Hebraica-latina de Sanctes Pagnino, corregida por Arias Montano, justamente dándole la vuelta a los argumentos que hemos presentado[47]. Primero, porque al ser tan básica la Vulgata en la preparación teórica de cualquier clérigo católico, es más que probable que Godínez, al final de su etapa de estudios universitarios, ya la poseyera. A fortiori, recuérdese la sentencia inquisitorial, acusándolo de afirmar que había descifrado un pasaje del Antiguo Testamento, cuyo sentido se le había escapado al discernimiento de San Jerónimo, cuando llevaba sólo un año de estudio del hebreo. En esta versión pudo entrar en contacto nuestro dramaturgo con el texto hebreo, lengua con la que se habría empezado a familiarizar poco antes, coincidiendo con su ordenación y con sus primeras prédicas. Esto se produce  además en el momento en que empieza a ser sospechoso para el Santo Oficio, aspecto que tocaremos más adelante. Precisamente por saberse en terreno cenagoso declara ante el notario de forma escueta: “una Biblia”, consciente del peligro de añadir “hebraica”, con el agravante añadido que conllevaría a ojos de un celoso guardián de la ortodoxia el que esta versión se imprimiera, en aquellos años de atrincheramiento religioso, sobre todo, en ciudades calvinistas, como Ginebra o Leiden -en esta segunda localidad por el nieto de Plantin de esa confesión, Christophe Raphelengius o Ravelingen[48]. Como apoyo secundario a esta opción puede argüirse el paralelismo que podría ofrecer con el título siguiente.      

7º  Novum Testamentum Graece, cum vulgata interpretatione Latina Graeci contextus lineis inserta. Ex Officina Plantiniana Raphelengii. ¿Amberes? ¿Leiden?, 1613.

Identificamos el Nuevo Testamento interlineal en latín con esta edición de la versión preparada para Plantin en 1583 por Arias Montano -a quien se deben los escolios a la traducción, que es la Vulgata de San Jerónimo, donde ésta difiere del texto griego- y reimpresa por uno de sus nietos –François o Christophe Raphelengius- sin indicar el lugar, lo que ha dado pie para que algunos bibliófilos estimaran que salió de las prensas que la familia tenía en la ciudad de Leiden, atribuyéndosela al segundo de los citados.

8º. FEO, ANTONIO (O.P.), Trattados quadragesimais e da Paschoa. Jorge Rodrigues, Lisboa, 1612[49].

Estos sermones para Cuaresma y Pascua -las dos partes en que se divide la obra- los leyó Godínez en su lengua original portuguesa. Bien pudo ser en esta edición que señalamos o en la primera, también lisboeta y sacada por el mismo impresor en 1609, o incluso en la tercera, salida de los tórculos de Luys Manescal en Lérida el año 1613. La primera traducción española no verá la luz hasta 1614, en Valladolid. La frecuencia de sus reediciones nos habla a las claras de la indudable aceptación que tuvo esta compilación de discursos para ese tiempo del calendario litúrgico que fray Antonio Feo (o Feio), dominico, compuso. Antonio Feo (Lisboa, 1572-1627) ya era al solicitar la licencia para esta publicación Provincial de Portugal de su Orden, predicador general y examinador por Su Majestad de las Tres Órdenes Militares lusas, todo ello a punto de cumplir la treintena.

Identificados los ejemplares, sería preciso abordar las posibles lecturas de estos textos por Felipe Godínez a la luz de sus piezas teatrales y de lo que conocemos de su biografía. Evidentemente el empeño nos desborda en este momento, puesto que ni el espacio de que disponemos, ni el estudio y reflexión que la tarea exige nos lo permiten. Quedan pues abiertas a ulteriores acercamientos y a disposición de cuantos estudiosos quieran adentrarse en ello. Sin embargo, sin ánimo de agotar el asunto, ni mucho menos, podríamos esbozar algunos apuntes y sugerencias.

Destaca de todo el conjunto el contenido religioso, sin excepción, de las obras. El recién ordenado sacerdote se preparaba para su ministerio, tanto en el fondo doctrinal como en el estudio de modelos de predicación. Los escritores en los que busca ilustración -Pineda, Lorino, Del Río, Barradas, y, por encima de todos, Pagnino y Arias Montano- son algunos de los más nombrados por los oradores en los púlpitos sevillanos del siglo XVII cuyos sermones han llegado hasta nosotros. Por el contrario, llama la atención que el autor más especializado en el género, el padre Feo, esté ausente en ellos[50]. El interés del neófito predicador se centra por igual en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Esto no es opción personal de Godínez, sino moneda común en los cultivadores de esta disciplina[51]. Dos de los libros adquiridos se consagran a glosar textos veterotestamentarios poéticos y sapienciales –El libro de Job y El Cantar de los cantares, cuya preeminencia sobre los demás que componen el Testamento Viejo también se observa en los sermones hispalenses de dicha centuria- y otros dos son comentarios sobre el Nuevo Testamento –Evangelios y Hechos de los Apóstoles. La Biblia Hebraica y el Novum Testamentum Graece fueron concebidos por Arias Montano primigeniamente como partes desglosables de una obra unitaria –el volumen VI de la Políglota de Amberes- mientras que Adagialia Sacra abarca ambas secciones bíblicas. Poco difiere aparentemente Godínez de sus contemporáneos en cuanto a sus fuentes doctrinales; por ende, mayor atractivo inmediato presenta para nosotros la posible influencia de estas lecturas sobre su inspiración teatral.

Huelga señalar el aprovechamiento que de los comentarios del padre Pineda acerca del libro de Job obtuvo el dramaturgo. En el estudio preliminar a su edición de Los trabajos de Job, los profesores Bolaños y Piñero ya intuyeron que la exégesis del jesuita sevillano se hallaba detrás de la comedia[52]. Claro que ésta fue escrita muchos años después de la fecha en que debió de leer por vez primera los Commentariorum, mas, como ha demostrado el doctor Vega, esa pieza teatral es el resultado de la reescritura por el propio Godínez de  La paciencia de Job[53]. El profesor vallisoletano situaba esta obra en la etapa anterior al auto de fe, la que de forma impropia se ha llamado sevillana, exactamente entre 1610 y 1615. Ahora podemos precisar que su redacción habría que fecharla en torno a 1613, lo cual resulta coherente con sus rasgos internos, analizados con brillantez por Germán Vega[54].

La sombra del Cantar de los cantares está bien patente en muchos fragmentos godinianos de estos años, de forma sobresaliente en sus autos, tamizada en buena medida por la interpretación de Del Río. Los versos 709-721 de Los toros del alma no pueden ocultar su progenie[55]. Tampoco es difícil adivinarla en el encarecimiento que de la hermosura de la Iglesia hace el Entendimiento en el Auto del ignorante discreto, posterior en muy poco, pues, según Piedad Bolaños, la escribió alrededor de 1618 y más tarde Avendaño la representó en 1622[56]. La vinculación de estas dos piezas -en concreto, de la primera de las citadas-  con el poema atribuido a Salomón ya fue estudiada por la profesora Bolaños, aunque, como no podía conocer el dato que ahora publicamos, le suponía a la versión de fray Luis de León una posible función de engarce entre aquéllas y éste[57]. Por cierto, el logro del fraile agustino en su empeño fue ensalzado por Del Río en la introducción a In canticum[58].

Puesto que con los autos estamos, hay uno – El Divino Isaac, de datación más tardía que el anterior- que presenta una peculiaridad muy acusada: su afán etimológico respecto a los nombres hebreos. Así, en su discurrir, se va explicando qué significan Geraris, Eliezer, Isaac, Rebeca, Batuel, etc. Eso parece apuntar a la utilización de un texto bíblico en hebreo con acotaciones y, de nuevo aquí, nos vuelve a aparecer la figura de Arias Montano. En el volumen octavo de la Políglota de Amberes incluyó un estudio de los nombres del Viejo Testamento. Es más que plausible que Godínez lo conociera directa o indirectamente. ¿Utilizó quizás la Biblia Hebraica como apoyatura para la composición de sus comedias y autos? Asimismo, al final del primer tomo de In Job, el padre Pineda incluye un vocabulario hebreo, con su transcripción fonética y su traducción latina, pero no aparecen los nombres propios de otros libros bíblicos[59].

Tampoco nos está permitido eliminar los interrogantes en una cuestión que no hemos podido dilucidar: ¿las prefiguraciones neotestamentarias, que son tan frecuentes en el dramaturgo moguereño, están en los autores que aquí tratamos? Tal vez, sí; pues en dos comedias de tema bíblico fechadas alrededor de 1613 –La reina Ester y La paciencia de Job- hace empleo notable de este recurso[60].

Más arriba aludíamos a la atención que probablemente despertaran en Godínez  las obras de Martín del Río, habida cuenta de su interés por hacerse con aquéllas que estaban recién salidas a la calle. Creemos por ello lícito sospechar que esta afición por los escritos del maestro de Amberes no fuera algo repentino, sino fruto del conocimiento de su producción anterior. Uniendo cabos, esto nos llevaría a relacionar el tratado más conocido de dicho autor, las Disquisitiones magicarum -para algunos contemporáneos suyos, un grimorio de sortilegios y magia negra- con la importancia capital de la presencia del demonio en el desarrollo de las piezas teatrales de Godínez compuestas en esa época, ya autos –es manifiesta en los tres citados anteriormente-, ya comedias. En La paciencia de Job vemos cómo se liga un símbolo neotestamentario prefigurado (pan/eucaristía) con la negativa de Satán, que se hace pasar por mendigo, a aceptarlo[61]; en El soldado del cielo el Demonio se presenta en la cárcel ante el santo y establece con él un diálogo, más propio de un auto sacramental, sin desperdicio en cuanto a los conceptos explayados[62]. No está de más recordar que Del Río suscitaba clara animadversión entre quienes tampoco sentían simpatías por nuestro dramaturgo, que consideraban sospechosas esas disquisiciones[63].

Con esto nos estamos aproximando a un aspecto decisivo en la personalidad intelectual de Felipe Godínez: la influencia ideológica de la corriente del pensamiento jesuita sobre él, hasta el punto de que en muchos sentidos se podría considerar un epígono de la institución ignaciana; afinidad que tuvo una contribución indefectible en su caída en desgracia, como veremos en otro lugar.

Partamos de un dato objetivo: de los cinco autores que se citan de forma explícita en la relación de libros comprados por el poeta moguereño, cuatro son jesuitas, y, además, bien caracterizados por sus posturas doctrinales. Otro dato objetivo: su participación en la fiesta por la beatificación de San Ignacio en 1610, en Sevilla. Una vez más fue Germán Vega quien, a partir de este hecho, coligió “una relación de nuestro autor con los jesuitas, incluso que se formara en alguno de sus estudios”[64]. Aunque no disponemos por el momento de documentos que puedan corroborarlo, ésa es también nuestra opinión: Godínez estudió en colegios de la Compañía, iniciándose probablemente en la gramática latina en el de Santa Catalina de Trigueros, localidad vecina a Moguer, fundado en 1562 y dotado por la condesa de Niebla, noble casa a la que estuvo vinculado nuestro autor, para pasar después a otro de prestigio en una gran ciudad[65].

Ningún apoyo tenemos para sostener que a Godínez le hubiese gustado profesar en esta religión si no se hubiesen implantado las pruebas de limpieza de sangre para su ingreso en 1593. Ahora bien, es muy perceptible la impronta de su formación jesuítica en sus ideas y en su actividad, empezando por la escritura para las tablas. El intento de “hacer del teatro un púlpito y de la obra dramática un sermón disfrazado”, genuino de la comedia colegial, se ajusta con fidelidad a su concepción escénica[66]. El soldado del cielo remite en su título directamente a la espiritualidad ignaciana y su dramaturgia también, a pesar de la más que probable intervención de manos distintas a las de nuestro clérigo[67]. En los autos la filiación es innegable.

Sus opciones de servicio religioso, aún dentro del sacerdocio secular, están en la línea de lo inculcado en los estudios y seminarios de la Compañía del santo de Loyola: predicación y misiones. Respecto a lo cual cabe traer aquí los versos laudatorios que le dedica don Luis de Ulloa Pereira en una epístola en tercetos muy citada: “admirando en las célebres ciudades, / enseñando en las rústicas misiones”[68]. Las misiones populares fueron uno de los más destacados ministerios jesuíticos y los recursos expresivos de que se valían no dejaban de tener cierto cariz de representaciones teatrales a lo divino[69].  En los colegios de la Compañía se ejercitaba a los jóvenes en la oratoria, llegándose incluso a establecer en sus Constituciones los medios para que un jesuita alcanzase a ser un buen predicador[70].

Algún concepto cardinal en el pensamiento de Godínez, aplicado tanto a su obra dramática como a su propia vida, deja ver a las claras su raigambre ignaciana; por ejemplo, el de la caridad cristiana. Josefina García Aráez se refirió a él como “el que con tanto amor y solicitud atendía a los enfermos del hospital de la Latina”[71]. Próximamente demostraremos con documentos la certeza de esta afirmación, que hasta ahora no se había podido verificar por no indicar la investigadora su procedencia, pero hay que puntualizar que, antes de su etapa madrileña, ya ejercía Godínez su ministerio en hospitales. La atención al enfermo y al moribundo siempre estuvo entre los objetivos primordiales de los jesuitas, prueba de ello es la abundante literatura surgida de la Compañía centrada en “el bien morir”, cuyo ejemplo quizás más señero sería la obra de Roberto Belarmino de ese título[72]. Asimismo, en muchas de las obras dramáticas de Godínez a las que nos hemos referido antes apreciamos cómo se articulan en ellas el valor de la caridad y la trascendencia de la buena muerte. Pero también otros conceptos, como la insumisión a la tiranía –núcleo sobre el que se erige la comedia Ludovico el Piadoso- que remite al padre Mariana, o las ideas de nuestro autor, dispersas en varias comedias,  acerca de la justicia y la piedad o la prevalencia de la honra personal sobre el honor social parecen haberse fundido en el crisol de su formación con los jesuitas y en la lectura de los más eximios escritores de la orden, amén de lo absorbido de unas raíces franciscanas también detectables.

Hemos dejado para el final las dos grandes polémicas protagonizadas por los jesuitas en aquellos días, en las que se significaron los autores leídos por Godínez, y en las que él también se involucró, originándole infaustas consecuencias: el inmaculismo y la controversia de auxiliis.

El concepcionismo, como es bien sabido, tuvo en Sevilla unas dimensiones descomunales e imprevistas, hasta tal punto que con frecuencia se ha utilizado la expresión “guerra mariana” para referirse a los episodios a los que dio ocasión. Lo que en un principio no fue sino un debate teológico que enfrentaba a dos escuelas se convirtió en una convulsión popular ciudadana. Los dominicos quedaron enseguida identificados como enemigos del inmaculismo y acusados del enconamiento contra sus defensores[73]. Aunque el profesor Ollero tiende a retrasar el inicio de la confrontación –habría que decir la fase popular-, la tradición establecida por Ortiz de Zúñiga situaba su origen en un sermón anticoncepcionista pronunciado por un fraile de la orden de predicadores en 1613[74]. Aparte de que la polémica en el plano intelectual debía haberse estado gestando desde antes, con posibles episodios que no trascendieran a la luz pública, nótese la sincronía con el estreno de la comedia de Godínez –La reina Ester- en la que se desliza la frase proinmaculista por la que sería acusado ante el Santo Oficio. Nuestro autor quedó marcado a partir de ese momento y él lo sabía. El testimonio indirecto de ello lo encontramos en el mismo expediente del proceso inquisitorial: “y por qué, siendo hombre docto, había de creer a su tío que le dijo que tenía poder para absolverle de Dios, no teniendo poder de Su Santidad ni de la Inquisición para ello”[75]. El tío del dramaturgo al que se alude es el padre Francisco Méndez, personaje muy curioso y notorio, fallecido el 30 de octubre de 1616[76]. Así pues, la persecución contra Godínez no pudo menos que empezar en las fechas en que nos estamos moviendo. Por consiguiente, sería una de las primeras víctimas de una causa que habían abanderado miembros de la Compañía. El documento redactado en la reunión que el 28 de mayo de 1615 tuvieron trece padres maestros dominicos en el monasterio de San Pablo no deja margen a la ambigüedad, pues en él se señala directamente al jesuita Juan de Pineda como principal instigador del movimiento contra la orden y se requiere la intervención inquisitorial[77]. En efecto, el que fuera Prepósito de la Casa Profesa de Sevilla, y a quien Godínez  leyó –y, seguramente, trató, puede que como discípulo en sus clases-  ocupó un espacio central en la disputa[78].

Es seguro que el dramaturgo encontró ideas concepcionistas en otros de los escritores cuyos libros adquirió; tal vez Lorini -más arriba hablamos de su inmaculismo- o Martín del Río, al fin y al cabo flamenco, país en el que sucedió el llamado “milagro de Empel” durante la guerra de los Países Bajos, asunto que no le era ajeno, quien publicó tres tratados sobre la Virgen[79]. Pero lo que resulta sumamente esclarecedor es la siguiente frase de Barradas, tomada  de los Commentariorum que compró Godínez, incluida en el capítulo “De Conceptione Virginis” -al lado de la columna se indica “Esther 15”-, que podemos decir sin exageración que marcó la vida de nuestro autor:

“Similem mihi te ese volo,originis peccatum longe

a mea, longe a tua quoque conceptione aberit. Sceptrum

tetigit Esther; crucem tetigit Virgo, quae praeseruationis

causa fuit”[80].

La controversia de auxiliis supuso otro enfrentamiento ruidoso entre jesuitas y dominicos en el plano teológico. La publicación en Lisboa, en 1588, de la obra del padre Luis de Molina titulada Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis suscitó la reacción del catedrático de Salamanca, y fraile de la orden de predicadores, Domingo Báñez, ante el argumento, que el jesuita defendía en ella, de la libertad del hombre para decidir su destino sin menoscabo de la actuación de la gracia divina. La polémica se prolongó durante varias décadas e hizo que compañía y orden se alinearan de forma prácticamente unánime tras sus correspondientes jefes de fila en la contienda. No vamos a contar las vicisitudes del choque dialéctico, a las que el lector interesado puede acceder sin dificultad, sino la asunción por Godínez de los postulados defendidos por los seguidores de San Ignacio[81]. En el Auto del príncipe ignorante discreto, texto crucial para lo que venimos abordando, Lucifer, en una larga tirada de versos, hace una defensa del libre albedrío, en donde se inserta la figura del ángel de la guarda, cara a la pedagogía cristiana del jesuitismo[82]. Pero, ¿no está también la idea de la compatibilidad de la libertad y la gracia en comedias -“godinianas hasta la médula”, en expresión de Germán Vega- posteriores como O el fraile ha de ser ladrón o el ladrón ha de ser fraile y Ha de ser lo que Dios quiera? Esta segunda es, por añadidura, una comedia abiertamente inmaculista[83].

No sé si habrán ustedes adivinado hacia dónde nos dirigimos: la comedia por excelencia del teatro español aurisecular que tiene como centro gravitatorio el modo de actuar  la gracia de Dios en la salvación de los hombres es El condenado por desconfiado, una de las varias obras maestras de autoría muy cuestionada.

Esta comedia nació en las mismas fechas y en el mismo ambiente intelectual que estamos reconstruyendo. Una prueba documental: el 29 de diciembre de 1612, el librero sevillano Pedro de Santa María, dos días después de contraer matrimonio, hace inventario de los libros que tiene en su negocio[84]. De su amplio catálogo entresacamos los siguientes:

En papel -es decir, en rústica: -50 Doctrinas de Belarmino

-12 Virgilios

-12 Artes de bien morir (no dice el autor)

Encuadernados in-folio, in-4º o in-8º:

-1 Pineda, In Job

-2 Flos Sanctorum, de Ribadenyra

-2 Molina, De libre arbitrio

-12 Frutos de la limosna

– Otros 6 Artes de bien morir

En esencia, las fuentes bibliográficas de base para El condenado por desconfiado[85]. Y asimismo de algunas comedias de Godínez. Alice Goldberg señaló en su momento puntos de contacto entre este drama teológico y O el fraile ha de ser ladrón o el ladrón ha de ser fraile[86]. Mas las semejanzas con otras obras conocidas del presbítero moguereño anteriores a su etapa de Madrid son más pronunciadas: escenas en la cárcel en donde se aparece el Demonio o Cristo; el juego teatral de los procesos judiciales y la lectura de sentencias; su marianismo militante; el fuego como metáfora e imagen premonitoria; y, por encima de todas, el motivo recurrente de la oveja perdida y el Buen Pastor, que se nos figura como algo parecido a una firma[87].

Puesto que estamos en el aniversario de la muerte de Godínez es justo intentar que se le coloque en el lugar que debiera corresponderle, más alto que el que se le ha asignado hasta ahora. A sabiendas de que nos metemos en un terreno minado, se impone plantear la pregunta: ¿No será el poeta de Moguer el gran tapado, o, mejor, el gran silenciado, de la escena peninsular en la primera mitad del siglo XVII? ¿No habría que ir poniendo en su haber la autoría de El condenado por desconfiado y de otras piezas que se le han asociado por la crítica[88]? Una de las cuales sería Tan largo me lo fiais/El burlador de Sevilla. En un estudio sobre esta obra, lleno de sabiduría y de intuiciones luminosas -a pesar del empeño en seguir atribuyendo la comedia a Tirso- el profesor Márquez Villanueva se extrañaba de que “ningún hilo de la leyenda se haya orientado hacia la villa onubense de Moguer, cuyo señorío poseyeron los Tenorio en sus mejores tiempos”[89]. Quizás haya llegado la hora.

Los indicios empiezan a ser bastantes para atrevernos a afirmar que así podría ser, aunque –habría que matizar-, en las versiones que han llegado a nosotros, en algunos casos tendríamos que hablar de coautoría con Andrés de Claramonte, y en otros de  reescritura de esas piezas por Godínez años después, y, en ocasiones, de las dos cosas. Acerca de cómo se produjo esta colaboración, de las razones y los documentos sobre los que se apoya esta propuesta trataremos en próxima ocasión, porque aquí hemos sobrepasado el espacio de que disponíamos y éste es cuento largo y exige detenimiento. Por ahora nos basta recordar lo que decíamos al principio: hacia 1612 -no en 1613-, a punto de cumplir treinta años, la vida de Felipe Godínez da un giro indeseado por él, comienza a ser vigilado por la Inquisición y se convierte en un dramaturgo cuyo nombre no debe aparecer en público[90]. Escribe, pero no puede firmar los frutos de su ingenio y sus conocimientos. Está tachado. Claramonte, un autor de comedias con pujos de poeta, aparece en el momento oportuno, puede servir de tapadera y, de paso, darle a sus obras la agilidad escénica de la que carecían[91].

Dos detalles para terminar: a Claramonte sus contemporáneos no lo acusaban de plagiario, como ha hecho buena parte de la crítica desde el siglo XIX, sino de aprovecharse del talento o de la cultura de quien tenía más que él, suscribiendo con su nombre obras escritas en colaboración[92]; a Godínez, cuando va desterrado a Madrid tras su condena, los poetas de la corte lo reciben como a un igual, ¿sería concebible esto si sólo hubiera compuesto unos versos de circunstancia, unas pocas comedias y algunos autos sin demasiado relieve varios años atrás?


[1] Archivo Histórico de Moguer (en adelante A.H.M.). Protocolos Notariales (en adelante Prot. Not.). Leg. 63; Año 1613; Fol. 672 vº.

[2] A.H.M. Prot. Not. Leg. 63; Año 1613; Fol. 604 vº.

[3] A.H.M. Prot. Not. Leg. 61; Año 1612; Fol. 655 rº y A.H.M. Prot. Not. Leg. 59; Año 1611; Fol. 125 rº.

[4] A.H.M. Prot. Not. Leg. 65; Año 1614; Fol. 190 rº.

[5] A.H.M. Prot. Not. Leg. 66; Año 1613; Fol. 128 rº.

[6] A.H.M. Prot. Not. Leg. 61; Año 1612; Fol. 273 vº.

[7] A.H.M. Prot. Not. Leg. 71; Año 1617; Fol. 266 vº.

[8] Archivo Diocesano de Huelva. Capellanías de Palos. Caja nº 9. Expediente nº 5.

Institución Colombina de Sevilla. Archivo Arzobispal. Leg. 05352. Órdenes. Registro. Sevilla 1610-1620; nº 1: “Ordines maiores. 17 diciembre 1611. Subdiaconi: 11. El bachiller Philippe Godínez, oppidi de Moguer, ttlº capellanis”.

[9] A.H.M. Prot. Not. 61; Año 1612; Fol. 655 rº.

[10] BOLAÑOS DONOSO, P., “Revisión al proceso inquisitorial de Felipe Godínez”. Montemayor. Moguer, 1991. pp. 38-48.

[11] PÉREZ DE MONTALBÁN, J., Para todos. Ejemplos morales, humanos y divinos. Alonso Pérez. Madrid, 1632. Fol. 236 rº.

[12] SARAIVA, A.J., Inquisiçao e cristaos-novos. Editorial Inova. Oporto, 1969. p. 168: “Em 1612 outro breve, de 18 de Janeiro, determina que os sacerdotes cristiaos-novos nao possam ser vigários nem curas de almas”. Al no haber visto el documento original, no podemos afirmar que esta disposición fuese válida para todos los reinos de la monarquía española, y no sólo para Portugal. Sin embargo, puede que ni siquiera fuera necesaria en algunos distritos episcopales, como la Archidiócesis de Sevilla, donde el filtro se establecía antes: los solicitantes del  presbiterado debían presentar un interrogatorio de testigos en el que se les preguntaba en escrutinio secreto por sus ancestros. Godínez había pasado esta prueba  en 1608 –Vid. SÁNCHEZ-CID, F.J., “Orígenes y nacimiento de Felipe Godínez”, en SERRANO, A. y BOLAÑOS, P. (Dir.), Actas de las XXVI Jornadas de Teatro en el Siglo de Oro. Almería, 2009 (en prensa)-, pero a la altura de 1612 sus dificultades para superarla se habían acrecentado, porque, al ser más conocido en determinados círculos –en los que ya debía de tener enemigos- su linaje no podía pasar inadvertido.

[13] CERVANTES SAAVEDRA, M. de, Viaje del Parnaso. (Cito por la edición de VALBUENA PRAT, A., Obras completas. Tomo I. p.77).

[14] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Problemas de un dramaturgo del Siglo de Oro. Estudios sobre Felipe Godínez. Universidad de Valladolid, 1986. pp. 133-144.  Germán Vega pone en cuarentena la autoría –al menos única- de Godínez en esta comedia, con atinadísimas observaciones, propias de este gran estudioso que muy raramente falla en sus intuiciones. En otra dirección, María R. Álvarez Gastón y Rosario F. Cartes (en su edición de GODÍNEZ, F., El soldado del cielo San Sebastián: San Sebastián. Fundación Municipal de Cultura. Moguer, 2006. p. 93, en nota al pie) sostienen: “Por nuestra parte, y puesto que hasta la fecha no hay confirmación en contra, consideramos esta comedia una obra de Godínez”.

[15] A.H.M. Prot. Not. Leg. 63. Año 1613. Fol. 672 vº

[16] TELLECHEA IDÍGORAS, J.I., “Españoles en Lovaina en 1577”, en THOMAS, W. y VERDONK, R.A., Encuentros en Flandes: relaciones e intercambios hispanoflamencos a inicios de la Edad Moderna. Universidad de Lovaina, 2000. pp. 136 y 139.

[17] ROUZET, A., Dictionnaire des imprimeurs, libraires et editeurs des XVè et XVIè siècles dans les limites geographiques de la Belgique actuelle. De Graaf. Nieuwkoop, 1975. pp. 11-12.

[18] Vid. MORBY, E.S., “La Arcadia de Lope: Ediciones y tradición textual”. Ábaco, nº 1, 1969. Pp. 135-233.

[19] Sin embargo, el profesor Gil, uno de nuestros grandes humanistas contemporáneos, no sólo los confunde, sino que, siguiendo a otros autores, hace traductor al librero sevillano de la obra de Pedro Apiano Cosmographia y de la Historia de las cosas de Etiopía, del portugués Francisco Alvares, ambas editadas en Amberes, por Juan Belero y Steelsio, respectivamente . en 1575 y 1557. Vid. GIL, J., Arias Montano en su entorno. (Bienes y herederos). Editora Regional de Extremadura. Mérida, 1998. p.155. No es este lugar para exponer citas y detalles con los que refutar la afirmación del admirado maestro, pero creemos que se equivoca en su atribución.

[20] A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 1709; Of. 3; Año 1624; Lib. 2º; Fol. 231 rº.

[21] CAYUELA, A., Alonso Pérez de Montalbán. Un librero en el Madrid de los Austrias. Calambur. Madrid, 2005. p. 125.  y A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 10.954; Of. 17; Año 1623; Lib. 2º; Fol. 234 rº.

[22] A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 10.948; Of. 17;Año 1622; Lib. 1º; Fol. 1.136 rº.  y  LOHMANN VILLENA, G., El arte dramático en Lima durante el Virreinato. Escuela de Estudios Hispano-americanos. Madrid, 1945.  p. 198.

[23]  RUEDA MARTÍNEZ, P.J., “La circulación de libros entre el viejo y el nuevo mundo en la Sevilla de finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII”. Cuadernos de Historia Moderna, 1999. Nº2, p.100.

[24] GIL, J., Op. Cit. p.155.

[25] Este asunto lo tratamos en SÁNCHEZ-CID, F.J., Op. Cit.

[26] A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 10.958; Of. 17; Año 1624; Lib. 1º; sin nº fol. (roto) y Leg. 10.964; Of. 17; Año 1625; Libro 3º; Fol. 240 rº.

[27] A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 12.787; Of. 19; Año 1626; Lib. 3º; Fol. 881 rº.

[28] El 1 de septiembre de 1623, Hernando Mexía, otro muy destacado mercader de libros de Sevilla, se obliga al pago de una cifra muy elevada a Luis Prost, mercader de Lyon, y por él y en su nombre a Esteban Bryell, su agente, por una partida de libros de diferentes suertes. A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 10.955; Of. 17; Año 1623; Libro 2º; sin nº fol. (roto)

[29] Hay ejemplares en la Biblioteca Nacional (a partir de ahora B.N.) con REF.:5/4416 y 5/4617. In-folios con encuadernación de la época, portada bícroma y magnífica tipografía. Utiliza tipos hebreos en algunos lugares.

[30] Vid. VAZ DE CARVALHO,  J., “Barradas, Sebastiao”, en  O’NEILL, C.E. y DOMÍNGUEZ, J.M., (Dir.), Diccionario histórico de la Compañía de Jesús. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid, 2001. Tomo I. pp. 349-350.

[31] B.N. REF: 5/10098 V.1. También ejemplares de la edición de 1609: REF: 5/10240 y 5/10243. In-4º con encuadernación original y hermosa portada monocroma ilustrada con grabados de la historia del protagonista, de estilo flamenco. En el centro, nombre del autor, título y escudo de la Compañía. Texto en dos columnas dentro de un recuadro. Usa caracteres hebreos y griegos.

[32] ESCUDERO Y PEROSSO, F., Tipografía Hispalense: Anales Bibliográficos de la Ciudad de Sevilla. Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1894. p. 34.

[33] ALONSO SCHÖKEL, L. y SICRE DÍAZ, J.L., Job: comentario teológico y literario. Ediciones Cristiandad. Madrid, 2002. p.106.

[34] Remitimos al que posiblemente sea el mayor conocedor en la actualidad del escriturista sevillano:

OLIVARES, E., “Juan de Pineda S.I. (1557-1637). Biografía, Escritos, Bibliografía”. Archivo teológico granadino, 51. 1988. pp. 5-132. Una reciente semblanza biográfica muy sintética la realiza este mismo autor en O’NEILL, C.E. y DOMÍNGUEZ, J.M. (Dir.), Op. Cit. Tomo IV. p. 3138.

Para algunos pormenores del desempeño de su cargo como Prepósito de la Casa Profesa de la Compañía en Sevilla, y su participación en la obra de su iglesia, puede consultarse HERRERA PUGA, P., Los jesuitas en Sevilla en tiempos de Felipe III. Universidad de Granada, 1971. pp. 25-30.

[35] B.N. REF: 7/15413. Ejemplar in-folio al que faltan la portada y las páginas finales, pues, como dice en la hoja de guarda, fue “expurgado el índice de este libro por comisión del Santo Oficio conforme al nuevo índice expurgatorio de este año. Fecha en 6 de octubre de 1632. El doctor Luis Velluga”. Texto a dos columnas dentro de recuadro. Tipografía muy cuidada.

[36] DONNELLY, J.P., “Lorin (Lorini), Jean de”, en O’NEILL, C.E. y DOMÍNGUEZ, J.M. (Dir.), Op. Cit. Tomo III, p. 2422.

[37] B.N. REF: R/38612. Precioso ejemplar in-8º, en encuadernación original y portada bícroma con el grabado de un lirio dentro de un óvalo en el escudo, propio de Cardon.

[38] B.N. REF: R/38608 V.1 y R/38609 V.2. Ejemplares in-8º con las mismas características que el inmediato precedente. Bellos y muy bien conservados. Texto a dos columnas, en el que destacan fragmentos en griego de comedias de Eurípides, versos de Anacreonte y otros clásicos.

[39] Señal del éxito que tuvo esta colección de enseñanzas morales es que la segunda edición se dio a la imprenta, también por Cardon, el año siguiente, 1614, que es la que cita LAURENTI, J.L., “Martín del Río S.J.: obras localizadas”, Anales de Literatura Española, 5, 1986-1987.  p. 241.

[40] Vid. RUEDA RAMÍREZ, P., “Alonso Rodríguez Gamarra en el comercio de libros con la América colonial (1607-1613)”, Revista General de Información y Documentación, 2008. 18. p. 141.  Rodríguez Gamarra embarcó en esa remesa “un juego de Barradas sobre los psalmos Lugduni Horatio Cardon 1612”, que Rueda identifica con el libro que compró Godínez (Commentaria in concordiam et historiam evangelicam). Sería otra coincidencia; pero título y contenido no se corresponden, por lo que entendemos que la identificación no es exacta (Ibidem, p. 140). No obstante, es preciso reparar en su procedencia y año de edición, que avalan lo que venimos sosteniendo sobre la llegada de un lote de libros lioneses –y, más en concreto, de la imprenta de Cardon- a Sevilla en 1613.

[41] CARO BAROJA, J., “Martín del Río y sus Disquisiciones mágicas”, en El señor inquisidor y otras vidas por oficio. Alianza Editorial. Madrid, 1968.  pp. 190-219 (cito por la edición de 2006).

[42] Ibidem, pp. 198-199.

[43] KLUYSKENS, J., “Del Río (Delrío), Martin-Anton”, en O’NEILL, C.E. y DOMÍNGUEZ, J.M., Op. Cit. Tomo II. p.1069.

[44] El profesor Ollero, recogiendo una opinión de Gaspar Morocho, atribuye a Pineda una actitud beligerante frente a los escritos de Arias Montano -que ciertamente no sentía simpatías por los jesuitas- empeñado en que se incluyeran en el Índice. (Vid. OLLERO PINA, J.A., “Sine labe concepta: conflictos eclesiásticos e ideológicos en la Sevilla de principios del siglo XVII”, en GONZÁLEZ SÁNCHEZ, C.A. y VILA VILLAR, E., Grafías del imaginario. Representaciones culturales en España y América (siglos XVI-XVIII). Fondo de Cultura Económica. México, 2003.  p. 328). Nosotros no lo dificultamos, pero resulta sorprendente que el humanista de Fregenal testase ante el notario Marco Antonio de Alfaro, hermano del jesuita, y no una sola vez, sino dos: disponiendo su última voluntad y también cuando lo hizo en nombre del doctor Simón de Tovar. (Vid. GIL, J., Op. Cit, pp. 229-233 y 315-323).

[45] Archivo Histórico Nacional. Sección Inquisición. Leg. 2956: “El nuevo catálogo y expurgo se vende públicamente en las librerías de esta ciudad, sin que en ella se haya publicado, por no tener orden de Vuestra Señoría (…) En el castillo de Triana, a 14 de enero de 1613”

[46] RUEDA RAMÍREZ, P., Op. Cit. p. 139.

[47] Conviene aclarar que esta obra era muy utilizada y sus autores muy citados por los predicadores sevillanos del siglo XVII, de tal manera que en absoluto podría considerarse una rareza, empero las matizaciones que hacemos a continuación. Vid. NÚÑEZ BELTRÁN, M.A., La oratoria sagrada de la época del Barroco. Doctrina, cultura y actitud ante la vida desde los sermones sevillanos del siglo XVII. Universidad de Sevilla, 2000. p. 164. Un artículo reciente que hemos consultado sobre la Biblia Hebraica es el de MORREALE, M., “De los sustitutos de la Vulgata en el s.XVI: la Biblia de Santes Pagnino enmendada por Benito Arias Montano”. Sefarad, vol. 67:1, enero-junio, 2007. pp. 229-236

[48] ROUZET, A., Op. Cit. pp. 183-184.

[49] B.N. REF: 3/17649. Ejemplar in -4º con encuadernación que no corresponde a su época. Portada en tintas roja y negra, que presenta el escudo grabado de la Orden de Predicadores. Es la segunda impresión de la obra, en portugués. Texto de los sermones a dos columnas, con cuerpo de letra muy legible y tipografía elegante.

[50] NÚÑEZ BELTRÁN, M.A., Op. Cit. pp. 151-165.

[51] “Los predicadores del barroco cimentan sus afirmaciones en los textos bíblicos, ayudándose de los estudios de exégesis bíblica para su interpretación, de tal forma que la media de citas bíblicas por sermón es de 18 del antiguo testamento y 11 del nuevo, aunque evidentemente en número muy diferente de un sermón a otro” (NÚÑEZ BELTRÁN, M.A., Op. Cit. p. 99).

[52] BOLAÑOS DONOSO, P., y PIÑERO RAMÍREZ, P.M., introducción a GODÍNEZ, F., Aún de noche alumbra el  sol/Los trabajos de Job. Reichenberger. Kassel, 1991. pp. 53-54: “Como el padre Pineda fue profesor de teología en el Colegio de Santa María de Jesús, en cuyas aulas se formó nuestro escritor, no tendría nada de extraño que le fuera conocida esta obra”.

[53] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., “Felipe Godínez a la luz de tres nuevas comedias recientemente recuperadas” en PARDO, I. y SERRANO, A. (coord.), En torno al teatro del siglo de oro: XV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro. Almería, 2001. pp. 65-70.

[54] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., “La reescritura permanente del teatro español del Siglo de Oro: nuevas evidencias”. Criticón, 72, 1998. pp. 17-26.

[55] GODÍNEZ, F., Autos sacramentales. Diputación Provincial de Huelva, 1995. P. 118.  Su editora, Piedad Bolaños, nos dice sobre este auto: “es muy probable que lo escribiera Godínez entre 1610-1615, fecha obtenida del examen métrico del auto”. (Ibidem, p. 98). Vega, no obstante, considera dudosa la autoría del poeta moguereño (VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Problemas de un dramaturgo del Siglo de Oro. Estudios sobre Felipe Godínez. Universidad de Valladolid, 1986. pp. 145-146.

[56] GODÍNEZ, F., Op. Cit. pp. 156-157. Vv. 274-292. Sobre la fecha de su representación, véase la introducción de la doctora Bolaños (Ibidem, pp. 29-30).

[57] BOLAÑOS DONOSO, P., introducción a GODÍNEZ, F., Op. Cit. pp. 80-85. La difusión de In Cantica Canticorum, de Del Río, en España no ha sido evaluada suficientemente. En un artículo muy recomendable y reciente, el profesor Gómez Canseco subraya la importancia de las versiones de fray Luis de León y de Arias Montano, pero ni siquiera cita al jesuita de Amberes, quizás por no considerarlo español. Vid. GÓMEZ CANSECO, L., “Notas para un itinerario humanístico del Cantar de los Cantares en el mundo hispánico”, en GONZÁLEZ SÁNCHEZ, C.A. y VILA VILAR, E., Grafías del imaginario. Representaciones culturales en España y América (siglos XVI-XVIII). Fondo de Cultura Económica. México, 2003. pp. 461-479.

[58]LUISIUS LEGIONENSIS, omnium (mea opinione) recentium hac in re Princeps” (DELRÍO, M.A., Op. Cit. p. XLV).

[59] PINEDA, J. de, Op. Cit, vol. I. Fol 721.

[60] “Otro punto que permite relacionar las dos piezas es la abundante presencia de prefiguraciones neotestamentarias. Es éste un aspecto generalizado en el teatro áureo basado en el Antiguo Testamento; pero, aun así, la incidencia en las obras que ahora nos ocupan me parece superior a la media. En ambas, además, conviven con los rasgos de un marcado filojudaísmo” (VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Op. Cit. (1998), p.22. A estas exactas palabras del profesor Vega habría que añadir que ese aspecto no sólo estaba generalizado en el escenario, sino también en la oratoria sagrada, que es precisamente la otra actividad a la que se empieza a dedicar Godínez en aquella coyuntura. ( Vid. NÚÑEZ BELTRÁN, M.A., Op. Cit. p.103).

[61] Vid. VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Op. Cit. (1998), p.22.

[62] GODÍNEZ, F., El soldado del cielo: San Sebastián. Vv. 2458-2641.

[63]Del Río, jesuita cien por cien en su vocación, fue considerado alguna vez como enemigo muy caracterizado de los dominicos. En efecto, entre los papeles de la Inquisición que se conservan en el Archivo Histórico Nacional existen unos pliegos que contienen censuras de doctrinas del mismo y de la obra que nos ocupa, de Juan Azor, Gabriel Vázquez, Gregorio de Valencia y Francisco Suárez, todos autores jesuitas, sin fecha ni autor, pero del siglo XVII al parecer, escritas en latín y castellano, y en que se arremete contra los citados autores de modo violento, observándose un criterio no individual, sino partidista, tomado ante la Compañía y sus autores” (CARO BAROJA, J., Op. Cit. pp. 211-212).

[64] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Op. Cit. (1986), pp.43-44

[65] Acerca de la preocupación por la docencia y el funcionamiento de los colegios de la institución puede consultarse: EGIDO, T., (coord.); BURRIEZA SÁNCHEZ, J., y REVUELTA GONZÁLEZ, M., Los jesuitas en España y en el mundo hispánico. Marcial Pons. Madrid, 2004. pp. 107-113.

[66] La frase entrecomillada procede de MENÉNDEZ PELÁEZ, J., “La comedia jesuítica en el siglo XVII”, en ARELLANO, I., (coord.), Paraninfos, segundones y epígonos de la comedia del Siglo de Oro. Anthropos, 2004. P.14.

[67] No me resisto a transcribir la siguiente cita, a pesar de su extensión. Queda a juicio de ustedes dictaminar si estas palabras son aplicables a buena parte del teatro godiniano: “El escenario es como un campo de batalla donde dos ejércitos, representación escénica de las fuerzas del Bien y del Mal, entran en litigio. Es la plasmación visual de la célebre meditación de los Ejercicios espirituales, de San Ignacio, de las dos banderas. Cristo y el Demonio enarbolan las enseñas de sus respectivos ejércitos; a su lado personajes alegóricos (Gracia, Amor divino, Virtud, Pobreza frente a Demonio, Lujuria, Avaricia, etc.) que tratarán de defender los intereses de sus capitanes. El miles christianus fue una imagen metafórica muy socorrida en la espiritualidad ignaciana; en los parlamentos de las comedias hagiográficas que el teatro jesuítico dedicó a Santa Catalina de Alejandría, San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka aparece esta imaginería de la milicia cristiana”. (Ibidem, p.14)

[68] Obras de Don Luis de Ulloa Pereira, prosas, y versos, añadidos en esta última impresión recogidas y dadas a la estampa por D. Juan Antonio de Ulloa Pereira. Francisco Sanz. Madrid, 1674, p.107.

[69] Vid. EGIDO, T. (coord.); BURRIEZA, J. y REVUELTA, M., Op. Cit. pp.164-168. De la acción misional de la Compañía en tierras andaluzas da noticia HERRERA PUGA, P., Op. Cit. pp. 38-41.

[70] Vid. EGIDO,T. (coord.), BURRIEZA, J. y REVUELTA, M., Op. Cit., pp. 113-118.

[71] GARCÍA ARÁEZ, J., Don Luis de Ulloa Pereira. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1952. P. 99.

[72] EGIDO, T. (coord.); BURRIEZA, J. y REVUELTA, M., Op. Cit. pp. 145-148.

[73] Sigo en líneas generales  el esclarecedor capítulo de OLLERO PINA, J.A., Op. Cit. pp. 301-335.

[74] Ibidem, pp. 302-303.

[75] Carta del Consejo de la Inquisición Suprema al tribunal de Sevilla, de 24 de febrero de 1624. Archivo Histórico Nacional. Inquisición. Libro 690. Fol. 98 rº. Reproducido en HUERGA, A. Historia de los alumbrados. IV. Los alumbrados de Sevilla (1605-1630). Fundación Universitaria Española. Madrid, 1978. P. 293.

[76] Sobre el padre Méndez pueden consultarse -hay muchas más referencias- las páginas que le dedica Huerga en la obra mencionada. Vid. Ibidem, pp. 155-175.

[77] Reproduzco, actualizando la grafía, los dos párrafos que más conciernen a nuestro asunto:

“Item, se ha de dar querella contra la Compañía, que ha sido la que ha instigado a los congregados de su casa y a gente baja y oficiales para que nos den cantaletas de noche a nuestros conventos y componiendo coplas y dándolas a los estudiantes que las canten y de lo que en los púlpitos han dicho contra el honor de nuestro hábito y contra nuestro padre Santo Tomás, particularmente del Padre Pineda por lo que dixo en San Antón y en la Magdalena, y el doctor Andrés Rodríguez y Artiaga y otros.

Item, últimamente se deponga en el Consejo de la Inquisición Suprema de los muchos errores y herejías, blasfemias que se han dicho en esta ocasión, las cuales están en la sumaria y de las demás que supieren y tuvieren noticia los padres nuestros que van”

Biblioteca de la Universidad de Sevilla, ms. 333/166, ff. 47-48. (Tomado de OLLERO PINA, J.A., Op. Cit. pp. 309-310).

[78] Vid. Ibidem, pp.310-335.

[79] Sus títulos son: Speculum Marianum; Polemica Mariana y Florida Mariana.

[80] BARRADAS, S., Op. Cit. Vol. 1, p. 286.

[81] Una breve síntesis reciente de la controversia en EGIDO, T. (coord.), BURRIEZA, J. y REVUELTA, M., Op. Cit. pp. 96-102.

[82] GODÍNEZ, F., Autos sacramentales. Diputación Provincial de Huelva, 1995 pp.179-180. vv. 1033-1096.

[83] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Op. Cit. (1998), pp. 26-33.

[84] A.H.P.S. Protocolos Sevilla. Leg. 10.896; Of. 17; Año 1612; Libro 1º. Fol. 599 rº.

[85] Consúltese al respecto la introducción de Ciriaco Morón y Rolena Adorno a TIRSO DE MOLINA, El condenado por desconfiado. Ediciones Cátedra. Madrid, 1978. pp. 26-45.

[86] GOLDBERG, A., “Una vida de santos extraña: O el fraile ha de ser ladrón o el ladrón ha de ser fraile, de Felipe Godínez”, Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. 1983. Vol. 1. pp. 623-629.

[87] Compárese el tratamiento que recibe en Auto del ignorante discreto (vv. 914-923), El soldado del cielo (vv. 1564-1569 y 2019-2024), El condenado por desconfiado (vv. 2668-2670 y 2737-2744) y Auto famoso del premio de la limosna y rico de Alejandría (vv. 1090-1095).

[88] En especial aquellas que se han venido atribuyendo a Tirso de Molina (El burlador de Sevilla/Tan largo me lo fiáis o La ninfa del cielo) y a otros autores y que el profesor Rodríguez López-Vázquez ha demostrado, a nuestro juicio, que no son del fraile mercedario y que en ellas participó Claramonte. Como compendio de cuanto sobre el particular ha publicado este investigador, pues recoge trabajos aparecidos  a lo largo de tres décadas, puede consultarse: RODRÍGUEZ LÓPEZ-VÁZQUEZ, A., Lope, Tirso, Claramonte. La autoría de las comedias más famosas del Siglo de Oro. Reichenberger. Kassel, 1999.

[89] MÁRQUEZ VILLANUEVA, F., Orígenes y elaboración de “El burlador de Sevilla”. Universidad de Salamanca, 1996. P.63.

[90] El testimonio del bautismo de Godínez, recientemente descubierto, nos permite fechar de manera definitiva su nacimiento en diciembre de 1582 (Institución Colombina. Archivo General del Arzobispado de Sevilla. Sección Gobierno. Órdenes Sagradas. Expedientes. Leg. 57. Años 1608-1609). Vid. SÁNCHEZ-CID, F.J., Op. Cit.

[91] El soldado del cielo, San Sebastián es una pieza clave en esta encrucijada y merecería un análisis a fondo.

[92] Recuérdense los versos de la décima de Salas Barbadillo en el vejamen a Ruiz de Alarcón en 1623, cuando éste presentó un poema en octavas escrito en colaboración para los fastos cortesanos de agasajo al Príncipe de Gales: “El segundo Claramonte,/ por llenar más presto el vaso,/ no fue al monte Parnaso/ por agua,sino a Belmonte”. Biblioteca de Autores  Españoles, T. LII. Ed. Atlas. Madrid, 1952. P. 523).

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Nacimiento y orígenes familiares de Felipe Godínez

In History on November 28, 2010 by Sánchez-Cid, F.J. Tagged:

Nacimiento y orígenes familiares de Felipe Godínez

Francisco Javier Sánchez-Cid

Universidad de Sevilla[1]

Felipe Godínez debió de nacer pocos días antes de la Navidad de 1582, en Moguer, pues fue bautizado en la iglesia mayor de la villa el jueves 24 de diciembre de aquel año. Este dato viene a cerrar definitivamente la cuestión en torno a la fecha de su alumbramiento, que, por lo general, y siguiendo lo que se dice en las relaciones del auto de fe de 1624, se solía ubicar en los años comprendidos entre 1584 y 1588[2]. Por no afectar directamente al tema que nos ocupa, aplazamos para otro momento la explicación del motivo de esta diferencia entre la edad real y la que aparece en los mencionados escritos. Hoy podemos establecer sin duda esta circunstancia gracias a un documento de cuyo hallazgo algunos investigadores descreían a estas alturas por el incendio del archivo parroquial de la iglesia moguereña[3]. Cierto que no tenemos el documento original, la partida de bautismo, pero sí una fe autorizada por el notario apostólico y sacristán mayor de dicha iglesia, Francisco Ximénez Dorta, en 1608, que se incorpora al expediente para la solicitud de grados eclesiásticos por parte de nuestro dramaturgo ante el provisor de la sede arzobispal de Sevilla[4]. Acerca de que Moguer era su cuna geográfica, las sombras estaban casi por completo disipadas desde hace ya tiempo[5].

Moguer a finales del siglo XVI era una villa de economía eminentemente agraria, con predominio del cereal y de la vid sobre otros cultivos, pero con una actividad diversificada en varios sectores, como corresponde a una localidad enclavada en las proximidades del litoral andaluz,  con su activo puerto de la Ribera en la orilla del Tinto y las repercusiones que ello tenía en cuanto al comercio, la marinería o la pesca[6]. En efecto, la proyección americana de la villa, junto con la vecina de Palos, viene dada por el hecho de ser uno de los puertos subsidiarios de la Carrera de Indias. Como indicio de su actividad, se puede reparar en que el número de capitanes de navío, pilotos o marineros naturales de Moguer que efectuaban travesías a las Indias es bastante considerable, pero no deja de ser aún más significativa la tupida red de negocios ultramarinos, no sólo con América, sino también con otros puntos del Atlántico como Canarias o las Azores -y en esto la propia familia de Godínez nos serviría de ejemplo-, en la que se hallaba inmersa una buena parte de sus habitantes[7]. El comercio tenía como objeto principal la propia producción agrícola local -vino, almendras, etc.- con prácticas que podríamos calificar, al menos, de protocapitalistas, sin olvidar la importancia que tuvieron otros ramos mercantiles como el tráfico de esclavos, muy intenso en toda la región desde el final de la Edad Media. En buena medida eran portugueses de nación, o sus descendientes, quienes capitalizaban estos negocios[8].

Desde el punto de vista socio-político, las élites de poder moguereñas -y esto es indisociable de la estructura económica esbozada en el párrafo anterior- se hallaban integradas en el entramado de la clientela de los grandes señores cuya presencia dominaba la Baja Andalucía: el duque de Medina Sidonia -el gran “virrey” de la costa atlántica- y su hijo el conde de Niebla, pero también otras ramas menores de la familia Guzmán como el marqués de Ayamonte o el conde de Olivares; el duque de Béjar (López de Zúñiga) o los Portocarrero, a quienes pertenecía el condado de la Palma y fueron señores de Moguer[9]. Ya analizaremos más adelante cómo linajes muy ligados a las figuras políticas más poderosas del momento estaban radicados, aunque fuese temporalmente, en esta villa.

El peso de estas grandes familias se hacía notar también sobre la vida eclesiástica, sobre todo a través de la fundación y patronazgo de conventos. Una de las más importantes órdenes regulares que tenía monasterios en la villa -y vaya sólo a título de ejemplo para no demorarnos en este pasaje- estaba bajo los auspicios de una personalidad de enorme influencia en la comarca costera del Golfo de Cádiz: el duque de Medina Sidonia, patrono perpetuo de la familia franciscana en toda la provincia de Andalucía[10].

Moguer fue el lugar elegido por Duarte Méndez Godínez, padre del dramaturgo, su madre y sus hermanos para establecerse, probablemente durante el primer semestre del año 1563, al trasladarse desde el Algarve a tierras andaluzas[11]. Parece ser que aún no había contraído matrimonio con doña María Denís, si bien no tardaría en hacerlo, quizás en Lisboa. Se ha sugerido la posibilidad de que traspusieran el Guadiana  huyendo de la Inquisición portuguesa -suposición que se nos va revelando, por las razones que veremos más adelante, muy certera- pero la opción de radicarse en la villa ribereña creemos que obedece sobre todo a causas de estrategia comercial, dentro de la que estarían incluidos  parientes en distinto grado de consanguinidad -una especie de clan mercantil ampliado por lazos clientelares y matrimoniales, o ambas cosas unidas- según lo habitual en las relaciones internas de las comunidades judeoconversas[12]. Hay realidades que resultan incuestionables, como que, tras su instauración definitiva con la Bula de 23 de mayo de 1536, el Santo Oficio en Portugal había atravesado en los años centrales de la centuria por una fase de recrudecimiento de las persecuciones -con un desfase de varias décadas respecto a España- contra quienes más o menos supuestamente seguían profesando la ley mosaica, que según las fuentes inquisitoriales del proceso a nuestro autor había alcanzado a algún antepasado suyo[13]. Es obvio que esta situación pudo afectar a los ascendientes de Felipe Godínez -más verosímilmente por la prosapia paterna, que se dispersa  más y se aparta de su lugar de origen, que por la materna-  pues no en balde, siguiendo las bien argumentadas exposiciones de los profesores Tavares y Saraiva, la institución nació en el reino luso, por empeño personal del monarca, con el punto de mira puesto en los cristianos nuevos y en sus bienes cuando los integrantes de esta minoría estaban bastante asimilados, ya que, aunque conservaran rasgos de su hebraísmo cultural, raro era que practicaran ritos religiosos judíos[14]. Es innegable que en la alcurnia del dramaturgo se encuentran esos caracteres: conversión reciente, riquezas, intentos de integración social y religiosa, junto con  costumbres y atavismos  culturales judaicos, dentro de ese sincretismo ideológico del que hablara Caro Baroja[15]. Por tanto, de ningún modo se puede negar que hubiera algo de fuga o de intento de ruptura con el pasado y la patria de los ancestros en su instalación a este lado del Guadiana, pero hasta ahora sigue siendo sólo una hipótesis, aunque una hipótesis bien fundamentada, pues no sólo están las palabras del cronista del auto inquisitorial al que hemos aludido -de las que no hay por qué dudar-, sino también el hecho de que el asentamiento en Andalucía de la familia de Duarte Méndez Godínez se produjera en 1563, año en que el Cardenal Infante, Regente del Reino e Inquisidor General de Portugal, anula la exención de confiscación de bienes de los relajados por el Santo Oficio, que existía desde 1548; pena que recaía sobre los herederos, que hasta entonces habían podido conservar sus pertenencias. Duarte Méndez vino a integrarse en una colonia portuguesa ya numerosa en el Moguer de los años sesenta, establecida por consiguiente antes de 1577, fecha de un nuevo perdón general que concedió el rey don Sebastián a cambio de dinero para financiar la expedición de Alcazarquivir, por el que además se autorizó a salir del reino a los cristianos nuevos[16]. Así pues, causas religiosas y crematísticas irían estrechamente unidas en su determinación.

El perfil socio-profesional de la gens Méndez Godínez-Denís Manrique responde a con bastante exactitud al de aquellos marranos de holgada posición económica que se movieron con cierta soltura por los aledaños del poder político y de la influencia social, aunque siempre con el estigma de su origen, que intentaban ocultar. Hablamos, por consiguiente, de una burguesía culta y en ascenso, con aspiraciones incluso de adentrarse en los estratos inferiores de las élites de la sociedad estamental, para cuya equiparación con su régimen de vida invirtieron parte de sus beneficios mercantiles en la compra de unas tierras que explotaron con criterios inequívocamente capitalistas. Los oficios desempeñados por ellos son de los que llamaríamos liberales, ajenos a los trabajos mecánicos y viles.

La medicina, que era la ocupación del abuelo materno de nuestro dramaturgo, fue una de estas profesiones. Su ejercicio lo había llevado hasta la corte del rey Juan III de Portugal, monarca que, por cierto, introdujo la Inquisición en su reino[17]. Algún enlace matrimonial de la familia reforzaría el vínculo con esta actividad, en la que tanto destacaron los judeoconversos[18]. Más aún, esas alianzas, como veremos, los conectaron con personalidades que habían sobresalido en el ámbito científico, publicando tratados de gran relevancia en la época y de difusión internacional, con lo cual se dibuja no sólo la superioridad intelectual de su ambiente, sino también algunos rasgos específicos de una mentalidad hasta cierto punto moderna y en determinados aspectos racionalista, honda pero soterradamente opuesta a algunos valores tradicionales de la sociedad en que vivían, generadora de tensiones que de diversas formas se reflejarán en la obra dramática de Felipe Godínez[19].

El comercio al por mayor, integrado en las redes mercantiles transoceánicas cuyo centro era la Carrera de Indias, también ocupó a diversos integrantes del clan familiar, ya fuese como principal menester o como fuente de ingresos complementaria; actividad ésta ligada en parte a la producción agrícola -en especial la vinatera, pero también  de otros productos, como las almendras, que abastecían mercados interiores- en la que igualmente participaban. El propio Felipe Godínez vendería las cosechas de sus propiedades a mercaderes moguereños con negocios abiertos en Sevilla[20].

Muy expresiva del nivel cultural de sus integrantes sería la dedicación de algunos de ellos a la jurisprudencia, en donde su competencia profesional, sus buenas relaciones y su sentido de la oportunidad podían  situarlos en cargos de la administración real o en los consejos y cámaras de grandes nobles. En la familia de nuestro dramaturgo, su hermano, el licenciado Jorge Méndez Godínez, o su cuñado, el licenciado Alfonso Váez de Acosta, prestaron prolongados y bien recompensados servicios durante muchos años a la casa ducal de Béjar, asesorándola en lo legal o ejerciendo funciones de gobierno con tres generaciones de esta ilustre estirpe.

Tampoco les fue ajeno el mundo de las finanzas. Si bien ninguno de sus miembros, en cuanto conocemos, actuara como banquero o asegurador, no resulta infrecuente que prestaran considerables sumas de dinero bajo la forma de compra de tributos, adquirieran juros sobre alcabalas o almojarifazgos y efectuaran operaciones mercantiles con grandes comerciantes que les permitieran gozar de unos ingresos nada despreciables en forma de rentas anuales de capital. En esto también resulta particularmente destacable la figura del licenciado Méndez Godínez, cuya fortuna, según se verá más adelante, debió ser bastante cuantiosa.

Por último, llama la atención el alto número de varones del clan que enfocaron sus vidas hacia instituciones para cuyo ingreso debían sortear barreras concebidas con el fin de dificultar el acceso a ellas de cristianos nuevos: la milicia y la Iglesia. El ejercicio de las armas, para el caso que nos ocupa, solía ir aparejado a la marinería y a las Indias. Maestre de nao y capitán fue Tomás Denís Manrique, otro hermano del dramaturgo, de quien ya teníamos noticia desde el estudio pionero y básico de la doctora Bolaños[21]. No el único, pues hubo quienes le precedieron y quienes después de él siguieron la misma traza. A pesar de las pruebas de limpio linaje que se exigían, podríamos hacer una lista no poco extensa de parientes de Godínez que pasaron a América, algunos como civiles, marinos o soldados; otros como eclesiásticos. Clérigos fueron tíos y primos suyos que residieron temporalmente o se establecieron de forma definitiva en el nuevo mundo. El más conocido -y sorprendente por sus hechos y personalidad- fue el padre Francisco Méndez, que una vez más demuestra la facilidad con la cual hombres de claro linaje hebraico superaban el doble obstáculo de acreditar pureza de sangre para recibir las órdenes sacerdotales y para obtener el permiso de embarque hacia el continente americano. Es muy creíble que algunos hicieran carrera y se beneficiaran de notables prebendas allá. Por otro lado, el ingreso en el estamento clerical era un recurso que la minoría judeoconversa no desdeñó como vía para su integración en la sociedad y prueba de la asunción de los valores que la regían[22].

Así pues, el encumbramiento social, que la familia Méndez Godínez-Denís Manrique sin duda persiguió, como tantas otras de raíz judaica y similar prosperidad económica,  tuvo como pilares la ocultación de su origen étnico-religioso y la pretensión de nobleza, objetivos que se reforzaban mutuamente. En más de una ocasión se sometieron a escrutinios sobre sus ascendientes, en los cuales los testigos no dejaban de aseverar que la estirpe no era de los “nuevamente convertidos” a la fe católica ni se hallaba entre ellos alguien penitenciado, reconciliado o condenado por el Santo Oficio[23]. Puesto que estos interrogatorios solían ser secretos, no deja de ser curiosa su seguridad acerca de los testimonios de los examinandos, más si tenemos en cuenta las palabras de la sentencia inquisitorial contra Godínez: judío por los cuatro costados con un abuelo sambenitado en un auto de fe. Si descartamos que lo ignoraran -y ninguno parece dudar o manifiesta abstenerse-, ¿qué podría moverlos a sostener lo que afirmaban? ¿La venalidad? Ciertamente estaba al alcance de la fortuna familiar la compra de falsos testimonios y tal vez la hubiera, pero no parece que baste para explicarlo. ¿La amistad personal con el interesado o sus deudos? ¿Quizás la solidaridad grupal, por ser muchos de ellos también probables marranos, o los vínculos e intereses clientelares? Es difícil determinarlo, mas nada de ello se debe desechar. En la información que se hizo con motivo de la solicitud para ordenarse de grados menores del dramaturgo, en marzo de 1608, los seis comparecientes, que, según la hoja con las preguntas del interrogatorio anexa al edicto del Provisor, debían ser de oficio y no a presentación de parte, lo declararon sin reservas. De estos seis testigos -cuatro varones y dos hembras- todos menos uno eran portugueses y cuatro de ellos superaban los sesenta años. El más joven -Philipe López, cirujano-, que afirma tener treinta y nueve años y que podría considerarse relacionado con el clan familiar, aunque sin parentesco directo con el solicitante, porque estaba expresamente prohibido, se apoya en lo que había oído a sus progenitores acerca de la rama paterna de nuestro autor. Todos los demás conocieron y trataron a alguno de sus abuelos. Blanca Méndez, de cuarenta años, habla de su relación con la madre y la abuela materna en Lisboa cuando ella era niña. El único moguereño, Juan Roldán, nos proporciona un dato interesante: conoció a la abuela paterna porque “murió en esta villa”. Diego Jorge y Clara Enríquez, ambos de sesenta años, eran naturales de Lisboa y calificaban al matrimonio compuesto por el doctor Tomás Denís y Ana Manrique de la mejor,  principal, honrada  y más cualificada gente de dicha ciudad. La segunda de estos dos testigos había vivido en Lagos, por lo que trató también a los abuelos paternos, avecindados en esa localidad[24].

Dejo para espacio aparte al testigo que nos queda, Baltasar Pinto, natural que dijo ser de la ciudad de Faro, porque al responder a la cuarta pregunta que se les efectuaba a los atestantes, la referida a la fe de los antepasados del interesado, no se limita como los anteriores a corroborarla, sino que añade detalles de sus posiciones sociales: “sus abuelos maternos fueron criados del rey don Juan y la abuela paterna fue hidalga”. Aludía de este modo a la hidalguía por cuyo reconocimiento no dejaron de pugnar sus descendientes. El licenciado Jorge Méndez Godínez mantenía viva la pretensión en 1618, cuando, con fecha de diecinueve de mayo, otorgó un poder en Gibraleón a Juan Antonio del Castillo, agente de negocios del duque de Béjar en la Chancillería de Granada, y a dos procuradores para que siguieran el pleito entablado acerca de su nobleza[25]. Es muy posible que el proceso se hubiese incoado muchos años antes, pues, soslayando el hecho de que no hayamos encontrado rastro del expediente en torno a esa fecha en el archivo de dicha institución -eso no dice nada por sí mismo-, ya en abril de 1593, cuando aún era bachiller en leyes, había dado igualmente poder a un procurador de la Audiencia y Chancillería granadina y a un vecino de Cartaya residente en aquella ciudad para que pudieran proseguir las causas que allí tenía abiertas[26]. ¿Podría ser alguna de ellas para su ejecutoria de hidalguía? Por el momento desconocemos los términos concretos en que esta aspiración fue planteada, pero acerca de su existencia no queda margen para dudas.

A una familia de tan marcado dinamismo en sus actividades económicas y profesionales le corresponde de forma natural una notable dispersión geográfica, que viene determinada en buena medida por sus intereses. La ciudad de Lisboa, el más importante puerto del comercio con las Indias Orientales y con África y capital del antiguo reino de Portugal, cuna de la rama materna, siguió siendo el lugar de residencia de más de uno de los hermanos de Doña María Denís, madre de nuestro autor, quien, con seguridad, viajó en alguna ocasión hasta la gran urbe de la desembocadura del Tajo. La cepa paterna era oriunda de Lagos, en el Algarve, y, si no en ella, en otros enclaves principales de la región, como Faro, siguieron manteniendo conexiones sus descendientes.

El centro de la existencia del círculo de parientes en primer grado de Godínez estuvo radicado en España: en la villa de Moguer hasta la muerte de su padre, el cabeza de familia, a comienzos del invierno de 1619-1620. Desde ahí se proyectaban  sus componentes hacia otras localidades próximas -así Gibraleón, Huelva o Palos- donde desempeñaron sus menesteres y se ocuparon en diversos asuntos. Sevilla, el gran emporio comercial y financiero de la época, no podía permanecer fuera de su campo de actuación, y, con gran probabilidad, casi  todos los miembros del grupo familiar, tomado en sentido amplio, en algún momento, estuvieron o residieron en ella, y en ella tuvo lugar el drama que los marcaría de manera irremediable[27]. Madrid, Valladolid, Granada, Sanlúcar de Barrameda, Osuna y seguramente otros muchos sitios en Castilla y Andalucía los albergaron de forma temporal en cortas o prolongadas estancias, sobre todo a los más viajeros, el licenciado Méndez Godínez y su hermano Felipe. Por tanto, con esas salvedades ocasionales, que por otro lado reinciden en señalar la gran movilidad que caracterizaba a los cristianos nuevos de procedencia portuguesa, el hábitat geográfico básico del grupo parental se extendía por la fachada atlántica peninsular, desde Lisboa hasta la Baja Andalucía, apuntando hacia una evidente expansión ultramarina.

Fuera de la Península Ibérica, en Europa, Roma fue escenario de las acciones -estamos tentados de decir de las correrías- del padre Francisco Méndez, quien también se movió durante unos años por tierras americanas. Éstas, las Indias Occidentales, sí que fueron un objetivo permanente para los miembros del conjunto familiar por el horizonte de ganancias y ascenso social que prometían; pero, aunque la mayor parte de ellos deambuló sobre todo por México, resulta difícil seguir las huellas de todos sus integrantes en el nuevo mundo -del que algunos regresaron- por lo poco que aún sabemos sobre sus pasos allá. Además, la participación de la familia en el comercio atlántico viene subrayada por su presencia en islas del Océano que servían de escala en el viaje hacia el continente americano. Valga una muestra: en Fayal, archipiélago de las Azores, estaba establecido Sebastián Méndez Godínez, tío carnal del  escritor[28]. Y por último, no podemos prescindir de lo que aseguraba la acusación inquisitorial contra nuestro autor, según la cual otro tío suyo, apostatando de la fe cristiana, se había refugiado en Berbería, posiblemente en algún enclave costero, para completar así el mapa del gran despliegue territorial que protagonizaron.

Naturalmente, nos hemos ceñido al considerar estos aspectos tocantes a los Méndez Godínez-Denís Manrique sólo al tronco familiar del dramaturgo, pero no debemos olvidar que éste se encontraba inserto, como era muy frecuente dentro de la minoría judeoconversa, en un auténtico clan, con fuertes lazos de cohesión interna, reforzados por inveteradas prácticas endogámicas[29]. Entre los apellidos vinculados a ellos destacan los Sosa, Váez y, muy en especial, Tovar y Acosta (de Acosta o Dacosta). En esta compleja red de enlaces, juega muy principal papel el entronque matrimonial con hijos del doctor Simón de Tovar y su segunda mujer, doña Isabel de Acosta -amigos de Arias Montano, quien redactó el testamento del físico siguiendo las disposiciones del poder que le otorgó- avecindados en Sevilla, donde él ejerció la medicina y escribió tratados de farmacopea y cosmografía, aunque  ya había precedentes de alianzas con estas castas, al menos con el linaje de los Acosta[30]. Repárese en que estos casamientos no eran sólo formas de fortalecer la identidad y cohesión del grupo, de consolidar patrimonios o fomentar empresas de interés común, sino que, a su vez, podían formar parte de estrategias de promoción social que introdujeran a la familia en entramados clientelares oligárquicos -o potenciaran su papel en ellos si ya lo estuviera-, cuyo conocimiento es  tan imprescindible  para comprender la realidad socio-política y económica de la época. Dentro de este intrincado sistema de relaciones se puede apreciar la proximidad de los Tovar a personas pertenecientes a círculos muy cercanos al Conde-Duque, mucho antes de llegar a las cotas de poder que alcanzó, como fueron los Céspedes o los Vargas Machuca. ¿Sería casualidad que el capitán Francisco de Céspedes y Velasco, autor de tratados ecuestres -el publicado en Lisboa en 1609 sobre la monta a la jineta lleva en la portada el escudo del conde de Olivares- que obtendría el nombramiento de gobernador y capitán general del Río de la Plata en 1623,  residiera en Moguer, como alcalde ordinario de la villa, durante unos años?[31]. Otro ejemplo, más directo, de estas laberínticas imbricaciones: en  septiembre de 1608, Duarte Méndez Godínez, como curador de su yerno, Luis de Tovar, que tenía cumplidos en esa fecha dieciocho años, y este último por sí mismo dan poder a Luis de Vargas Machuca, vecino de Sevilla pero a la sazón estante en Lisboa, para cobrar a título de herencia una deuda contraída por el conde de Vimioso con los difuntos padres de dicho menor[32]. Este Luis de Vargas Machuca era cuñado de Luis de Tovar, ya que estaba casado con su hermanastra doña Leonor, hija del primer matrimonio del doctor Tovar, cuyas actividades científicas, mercantiles  -notablemente tráfico de esclavos- y financieras van siendo conocidas[33].

Estas alianzas matrimoniales abrían, por consiguiente, amplias perspectivas de mejoras económicas. La boda del licenciado Méndez Godínez con doña Sebastiana de Salcedo lo hizo entrar en contacto -o intensificar la relación- con el selecto núcleo de grandes hombres de negocios genoveses que se movían entre Madrid y Sevilla a comienzos del siglo XVII -los Justiniano o Jerónimo Burón-, lo cual no supuso una circunstancia despreciable en la consolidación de su estatus de persona  acaudalada.

Claro queda, por otro lado, que en una sociedad fuertemente jerarquizada de valores cerrados no bastaba con el enriquecimiento, por importante que fuese, sino que había que buscar el cobijo, para medrar a su amparo, de las grandes casas nobiliarias, en modo alguno ajenas a las empresas económicas de descomunales dimensiones que tenían lugar en áreas bajo su control. Hemos apuntado ya varias veces a la proximidad del dramaturgo y su familia a individuos muy significados -los mismos genoveses arriba citados- en la clientela política del Conde de Olivares, figura emergente en las primeras décadas del siglo XVII. Aunque no hay indicios de que le prestaran servicios directos, tenemos abundantísimas pruebas de la estrecha relación que mantuvieron con un personaje fundamental en la administración doméstica del Conde-Duque en Sevilla: Cristóbal Ximénez Gómez, contador de su hacienda y estado. El contador, que había nacido en San Juan del Puerto, actuaba como una especie de agente de algunos moguereños en la capital hispalense, cobrando rentas en sus nombres[34]. Así solía hacerlo con las del licenciado Méndez Godínez, al que le unían varios rasgos comunes. Uno de ellos, haber coincidido en sus trabajos en favor de la casa  ducal de Béjar -compartir, intercambiar o pasarse servidores entre grandes nobles no era infrecuente si las relaciones eran buenas- que para el licenciado fue ocupación principal y más esporádica para Ximénez Gómez al convertirse en pieza básica de la intendencia privada del Conde-Duque, tras haber llegado a ocupar el cargo de alcaide de la fortaleza de Cartaya por nombramiento de don Alonso Diego López de Zúñiga[35]. Al servicio precisamente del padre de éste, el V duque de Béjar, había entrado el licenciado Méndez Godínez a fines del siglo XVI, para lo que tal vez ayudara el casamiento de su hermana Ana con el licenciado Váez de Acosta, que ya actuaba desempeñando diversos cometidos para la noble casa[36]. Del alto rango y la mucha confianza y aprecio de que llegó a gozar el hermano del dramaturgo como consejero en la cámara ducal es muestra su nombramiento de albacea en los testamentos de los dos duques citados y las mandas que en su favor otorgó la duquesa viuda doña Juana de Mendoza en sus disposiciones previas a su entrada en el convento hispalense de San José de la orden carmelita[37]. El tercer puntal de este trípode de la alta nobleza sobre el que procuró sustentarse la familia Méndez Godínez fue el VIII duque de Medina Sidonia, don Juan Manuel Pérez de Guzmán, cuando aún era conde de Niebla y residía habitualmente en Huelva, en quien probablemente buscaran protección en los tiempos de mayor adversidad[38].

Mas dejemos de adelantar hechos que se tratarán detalladamente en su momento y volvamos a los orígenes, a la genealogía de Godínez, para lo que resulta de capital interés el expediente aludido al principio de esta exposición[39]. A través de él y de otros documentos complementarios vamos a reconstruir su árbol familiar.

Duarte Méndez Godínez, padre de nuestro autor, era hijo legítimo de Jorge Méndez Godínez y Violante Fernández, su mujer, ambos vecinos de la localidad de Lagos, en el Algarve occidental, donde quizás vieran la luz por primera vez en fechas que ignoramos. Asimismo, carecemos de información acerca de sus actividades; no obstante, no es descabellado suponer que el comercio fuese la principal fuente de ingresos de la familia y, dentro de ésta, por muchos detalles circunstanciales, deducimos que la trata de esclavos ocuparía un lugar relevante. La condición hidalga de la esposa, a la que ya aludíamos más arriba, según el testimonio de Baltasar Pinto era “pública voz y fama y común opinión“. Desconocemos también la data de la muerte de Jorge Méndez Godínez, que habría que situar en una fecha nunca anterior a comienzos de la década de 1560. Por el contrario, sí sabemos que Violante Fernández, al poco de enviudar, se trasladó con sus hijos a Moguer, villa en la que falleció, tal como se puede colegir de las palabras que bajo juramento pronunció Juan Roldán en la probanza que Felipe Godínez presentaría al arzobispado de Sevilla.

Los progenitores de la madre de Godínez, doña María Denís, se llamaban Tomás Denís y Ana Manrique. Los dos eran naturales de Lisboa, ciudad en la que él practicó la medicina, alcanzando, al parecer, gran reputación. Cuatro de los testigos que depusieron en el ya varias veces mencionado expediente coinciden en señalar que fueron criados de la casa real lusa, dado que él había sido médico del rey Juan III  y del infante Don Luis, añadiendo uno de ellos, Diego Jorge, que “fue un doctor muy grave, de los más graves que de aquel tiempo hubo en Portugal”. Los cónyuges murieron en la ciudad en la que habían vivido con una diferencia de unos diez o quince años, según nuestro cálculo, no pudiéndose estimar el deceso del doctor anterior a 1565, ni el de su mujer acaecido antes de 1578, más o menos.

De los hijos engendrados en el matrimonio de Jorge Méndez Godínez y Violante Fernández nos constan con certeza documental cuatro, y una quinta hija, atribuible sin demasiado margen de error, empero la utilización de conjeturas razonables y no el apoyo de un escrito incontrovertible. Los totalmente seguros son: Sebastián, Francisco, Leonor y Duarte. Todos ellos usaban el apellido Méndez -en el caso del primero y el último, a partir de un momento indeterminado, seguido de Godínez- y quizás, como Duarte, el padre del comediógrafo, hubieran nacido también en Lagos. La dudosa sería Ginebra López, de quien tenemos noticia por el testamento cerrado del licenciado Francisco Lorenzo, médico, fallecido en Moguer en 1596, que, tres años antes, había firmado como testigo en la escritura de manda y promesa de dote que Duarte Méndez Godínez y doña María Denís otorgaron en su morada al licenciado Alfonso Váez de Acosta, quien desposaría con una hija de éstos, Ana[40]. A través de esta disposición de últimas voluntades, en la que nombra por albacea a Duarte Méndez Godínez, que fue quien solicitó la apertura del testamento -y esto refuerza la hipótesis de la vinculación familiar-, se puede reconstruir el posible parentesco[41]. El licenciado Lorenzo estuvo casado en un primer matrimonio con Ginebra López, natural que había sido de Faro, y con ella tuvo  descendencia: Francisco Lorenzo, Lorenzo de Sosa, Isabel Gómez y Blanca López, monja en el convento de Santa Clara de Moguer, a los que declara herederos, especificando que la última lo sería sólo si no hubiese hecho renuncia al profesar. Esto nos hace barruntar que falta otro hijo: fray Álvaro Gómez, franciscano, que, por lógica, no aparece en la relación de derechohabientes justo por haber renunciado a la herencia al entrar en la orden. Su parentesco fraternal con Lorenzo de Sosa -más adelante licenciado y clérigo presbítero; a la hora de testar su padre, ausente en Indias- está demostrado, así como el que los dos eran sobrinos de Duarte Méndez Godínez[42]. Por prudencia, no podemos excluir otra variante: Ginebra López como fruto de unas nupcias de Jorge Méndez Godínez previas a su casamiento con Violante Fernández. A falta de comprobaciones, queda así planteado.

Sebastián Méndez Godínez poseía viñas en el archipiélago de las Azores, en la isla del Pico, y moraba en la villa de Horta, en la vecina de Faial. A pesar de lo remota que su residencia quedaba respecto a Moguer, en donde habitó unos pocos años cuando su familia estaba recién llegada del Algarve, a mediados de la década de 1560, no perdió el contacto con sus parientes andaluces, como indica el hecho de que contribuyera con cinco mil reales a la dote de su sobrina Ana. No debía de tener hijos, o al menos no le sobrevivieron, puesto que sus bienes -la casa y el viñedo- se los legó a otra de sus sobrinas, Felipa, también hija de Duarte Méndez Godínez, por lo que sabemos que su defunción aconteció antes de noviembre de 1615[43].

Poco hay que añadir a lo ya publicado sobre Francisco Méndez, pues se trata del padre Méndez, de sobra conocido por las cartas que el obispo de Bona, Don Juan de la Sal, envió al duque de Medina Sidonia en el año 1616, el mismo de la muerte del sacerdote el treinta de octubre, en las que con gracia e ironía da cuenta de sus últimos meses, del aura de santurronería que lo rodeó al final de sus días, acogido en el convento franciscano del Valle en Sevilla, al tiempo que deja caer breves apuntes sobre su accidentada carrera eclesiástica, su peripecia americana, con sus problemas con la Inquisición en aquellos territorios, y su atropellado paso por Roma[44]. Esto último estaba corroborado por la escritura notarial que la doctora Bolaños incluía en sus tesis de doctorado, que lo situaba en la ciudad papal en 1607[45]. Al ser condenado post mortem por el Santo Oficio so cargo de alumbradismo y sacado en efigie en el mismo auto de fe que su sobrino Felipe Godínez, la documentación del proceso ha dado bastante juego para trazar el perfil de su figura, que ya ha sido glosada por distintos autores, a los que me remito[46].                                                                                            El último vástago del matrimonio de Jorge Méndez Godínez y Violante Fernández, por cuanto sabemos hoy -y no es de extrañar que se contasen más- sería Leonor Méndez, de quien podemos decir que en 1585 vivía aún en Moguer, a donde había llegado con su esposo hacía más de veinte años. Su marido, que también respondía al nombre de Jorge Méndez, era mercader. Compraba vino a los agricultores de la localidad y lo enviaba a un hermano suyo en Lisboa[47]. Tuvieron un hijo, Francisco, que embarcó para el Perú en 1582 como criado de Francisco de Medina y desde allí remitía pesos de oro a su madre y a su tío Duarte[48].

Finalmente, a modo de aclaración, tenemos que decir que el clérigo Cristóbal Méndez, avecindado en Moguer, que los profesores Bolaños y Piñero suponían que pudiera ser tío de Felipe Godínez, analizada la documentación -entre ella el testamento que hizo ante Juan Vázquez Cordero en 1613- no creemos que tenga parentesco, al menos cercano, con él[49]. No todos los Méndez pertenecen al mismo tronco. Al contrario, en Moguer habitaban otros individuos que tenían el mismo apellido -aparece incluso un Duarte Méndez, ya aludido anteriormente- sin lazos sanguíneos directos con el linaje del dramaturgo[50].

El núcleo familiar del doctor Tomás Denís y Ana Manrique estaba compuesto por los siguientes hijos verificados documentalmente: María -la madre de Felipe Godínez-, Felipe, Gracia e Isabel. Todos eran naturales de Lisboa y usaron el apellido Denís, al que doña María añadió el Manrique de su progenitora. Habría, por lo menos, un quinto hijo varón, cuyo nombre ignoramos, que estuvo casado con Elena Osorio, vecina de Lisboa, sin que se pueda tampoco descartar que ésta fuera esposa de Felipe[51].

De las dos féminas, Gracia e Isabel, no abundan las referencias. De Gracia porque vivió y murió en Lisboa -esto último entre enero de 1593 y septiembre de 1595- y la encontramos de manera muy puntual en las escrituras notariales moguereñas. Como otros parientes, contribuyó también a la dote de su sobrina Ana para sus esponsales con el licenciado Váez de Acosta con la cantidad de trescientos ducados, parte de los cuales se cobraron a título póstumo. Es precisamente a través de los poderes concedidos para cobrar su herencia por lo que nos enteramos de la existencia de su hermana Isabel, vecina de Moguer por aquellos años, una de las escasas mujeres  analfabetas de la familia. De Isabel no nos dicen más las fuentes que hemos consultado, salvo que residía en casa de su cuñado Duarte Méndez Godínez[52]. Por otro lado, debemos entender de la lectura de uno de esos poderes que Gracia estuvo casada con el lisboeta Duarte Hurtado[53].

De todos los hermanos de doña María Denís el que ofrece para nosotros mayor interés es, sin discusión, Felipe. Cierto que sobre él tenemos más conjeturas que certezas, pero hay hechos incuestionables. El primero es que se llamaba Felipe Denís, nombre y apellido que también nuestro autor usaba cuando era muy joven. Esta coincidencia indujo a error a Piedad Bolaños, que interpretó que Godínez en 1597 se encontraba en Sevilla y era depositario de una cantidad que debía entregar en concepto de dote a su hermana Ana[54]. En realidad, a Tomás Denis se le encomienda que le cobre a su tío, que al igual que otros deudos contribuyó a la dote de su sobrina. Esto sí es un hecho firme, con doble respaldo documental[55]. Pero no hay nada más acerca de su vida, aparte de que tal vez residiera en la ciudad hispalense. Y aquí surge la sospecha: ¿Es el tío del dramaturgo que se pasó a Berbería en donde andaba con hábito de judío, diciendo que se había cansado de ser cristiano, según reza la sentencia inquisitorial? Prueba no tenemos ninguna; sí un indicio: la mutación en el gentilicio de su sobrino. Estas prácticas no solían ser veleidosas y la razón principal era, por lo general, el intento de disimulo de una relación familiar con alguien que hubiese incurrido en el oprobio social. Mas este particular aquí sólo lo esbozamos y lo desarrollaremos con pormenores en otro lugar.

Ignoramos cuándo se celebró el matrimonio entre Duarte Méndez Godínez y doña María Denís, quien tras las nupcias convivió con su marido en Moguer, donde seguramente nacerían todos sus hijos. Para Felipe, el menor, sí poseemos ya la fe bautismal que lo certifica, aunque no podamos asegurar que su alumbramiento se produjera en la casa familiar de la calle del vicario viejo, inmueble en el que habitaban en 1598[56]. Antes del comediógrafo, el matrimonio había procreado a otros vástagos, que, siguiendo el orden más plausible, serían:

1º. Jorge. Nacido antes de 1569, se llamó exactamente igual que su abuelo paterno: Jorge Méndez Godínez. Usó esos apellidos hasta el proceso inquisitorial que afectó a varios de los suyos. Hasta ahora se había relacionado de manera imperfecta con Felipe Godínez, siendo, como veremos, personaje principal en la historia de la familia. Los doctores Bolaños y Piñero suponían que era tío suyo[57].

2ª. Ana. Su gracia: Ana Manrique, en honor de su abuela materna. Su fecha de nacimiento hay que situarla en 1569 o 1570[58].

3º. Tomás. Su nombre y primer apellido eran los de su abuelo materno, a los que sumó el Manrique, de forma que repetía los de su madre. Vino al mundo entre 1570 y 1572[59].

4º. Sebastián. Coincidencia en nombre propio y patronímico con su tío, el habitante en las Azores: Sebastián Méndez. En 1593 se firmaba Méndez Denís. Más adelante también aparece nombrado Sebastián Godínez. Su nacimiento tuvo lugar antes de 1579[60]. Su existencia era hasta hoy también desconocida por los escasísimos estudiosos de nuestro autor.

5ª. Leonor. Vio la luz por primera vez en 1579 o 1580. Como su tía paterna del mismo nombre, usó al comienzo el apellido Méndez, aunque lo sustituyó por Godínez en torno al cambio de centuria. Después de su condena, en 1624, mudó de nombre y pasó a llamarse Ángela.

6ª. Felipa. Aproximadamente un año menor que su hermana, trocó asimismo su gentilicio inicial de Denís por el de Godínez hacia las mismas fechas[61]. Desde entonces le incorporó como segundo el de Manrique. Nótese que la evolución de su forma de nombrarse es coincidente incluso en el tiempo con la de su hermano Felipe, que la seguía con poca diferencia de edad. Ambos llevaron el nombre y apellido de su tío materno y renunciaron al Denís. Sin duda, no debió de ser pura coincidencia.

Es probable que el regidor Méndez Godínez y su mujer tuvieran otros descendientes que no hubiesen sobrevivido a la niñez, dada la altísima mortalidad de la época y la diferencia de edades entre los mayores y los más jóvenes. ¿Quizás alguna Violante, único nombre que no se transmite de abuelos a nietos? En cualquier caso, éstos eran los que componían el núcleo familiar en 1593.

Se puede apreciar cómo hay una especie de tradición o continuidad familiar casi de combinatoria aritmética en los nombres puestos en la pila bautismal y en el uso de apellidos entre los hijos del matrimonio, alternando los de una y otra ramas. Lejos, pues, de la idea de anarquía, juego o capricho personal en su elección. Es ésta una razón a tener en cuenta a la hora de considerar a quién podía referirse la alusión de las actas del Santo Oficio respecto a un abuelo de Godínez que había sido procesado con anterioridad, pues lo habitual era, como observamos en los parientes más cercanos al dramaturgo, el cambio de apellidos y de residencia tras la infamia que suponía una condena inquisitorial. Quizás “un su abuelo” se refiriera allí a un antepasado, tal vez a un bisabuelo o a un tío abuelo por la ascendencia paterna[62]. Pero reparemos en lo que se nos presenta como una excepción a esa falta de opciones individuales y modificaciones voluntarias en cuanto a los apellidos: la adopción de Godínez  por los tres hijos menores, cuando aún eran muy jóvenes -alrededor de la veintena – repudiando el Méndez o el Denís usados hasta ese momento, en el tránsito de un siglo a otro. A eso se refería el auto del tribunal de la Inquisición cuando aseveraba que “su apellido era otro diferente y por ganar opinión de buena generación se nombró Godínez Manrique, diciendo era de los de Salamanca”. Pero, ¿qué había ocurrido? ¿En qué circunstancias se envolvía esta decisión? ¿Por qué sólo los hermanos menores? ¿Intervienen aquí las redadas de cristianos nuevos portugueses y sus consecuentes juicios y condenas que el Santo Oficio hizo en Sevilla entre 1598 y 1601  y es una reacción defensiva frente a ellos?[63]

Dejamos todas estas preguntas sin responder, y tampoco desarrollamos las vicisitudes ulteriores de cada uno de los miembros de la familia, porque ello constituirá el objeto de próximos estudios.


[1] El autor de esta comunicación prepara en la actualidad una biografía de Felipe Godínez y de su familia hasta el proceso inquisitorial que concluyó con el auto de fe de 1624, de la que el presente trabajo supondría su capítulo inicial. Quiere por ello expresar su agradecimiento a la doctora Piedad Bolaños, quien, con total generosidad, no sólo no ha considerado una intromisión este empeño, sino que lo ha alentado y ha estimulado la presentación en estas Jornadas del artículo que van a leer.

[2]Sobre cuál era el estado de la cuestión hasta ahora sobre este particular puede consultarse el capítulo que el profesor VEGA GARCÍA-LUENGOS, G. le dedica bajo el título “La fecha y el lugar de nacimiento de Felipe Godínez“ en su imprescindible obra Problemas de un dramaturgo del Siglo de Oro. Estudios sobre Felipe Godínez. Con dos comedias inéditas. Universidad de Valladolid, 1986. pp. 41-43. A pesar del tiempo transcurrido desde su impresión, los escasos estudios publicados desde entonces sobre el poeta no han tocado este punto. Es bien cierto que tampoco podemos afirmar con rotundidad que naciera a fines de diciembre, pues, en ocasiones, el bautismo tenía lugar bastante después del alumbramiento. En cualquier caso, el dramaturgo ya estaba en el mundo en esa fecha.

[3] VEGA GARCÍA-LUENGOS, G., Op. Cit. p. 43 y BOLAÑOS DONOSO, P., La obra dramática de Felipe Godínez (Trayectoria de un dramaturgo marginado). Diputación Provincial de Sevilla, 1983. p.56.

[4] Institución Colombina. Archivo General del Arzobispado de Sevilla. (En adelante: A.G.A.S.) Sección: Gobierno. Órdenes Sagradas. Expedientes. Legajo 57 (actual 00059). Año 1608-1609. Ésta es la transcripción del documento, en la que actualizo grafía y puntuación y desarrollo las abreviaturas:

Baptismo. Yo, Francisco Ximénez Dorta, presbítero, notario apostólico y público en esta villa de Moguer, doy fe y verdadero testimonio cómo en un libro de papel grande aforrado en pergamino que está en el archivo de la iglesia mayor de esta dicha villa, donde se asientan los que se baptizan, entre otros capítulos está uno del tenor siguiente:“En jueves, veinticuatro días del mes de diciembre de mil quinientos ochenta y dos, bapticé yo, Gonzalo de Briviesca, clérigo, a Philipe, hijo de Duarte Méndez y de su legítima mujer, María Denís. Fueron padrinos Benito Suárez de Lozana y Luisa de Briviesca, mujer de Sancho de Vasconcelos, todos vecinos de esta dicha villa de Moguer. Y por verdad lo firmé. Fecho ut supra. Gonzalo de Briviesca, clérigo”. El cual dicho capítulo saqué de su original bien y fielmente de verbo ad verbum como en él se contiene. En testimonio de lo cual lo firmé y fice mi signo a tal, que es fecho en Moguer, quince días del mes de marzo de mil seiscientos y ocho años. (Rúbrica)  En testimonio de verdad. Francisco Ximénez Dorta, notario.

[5]En la semblanza biográfica introductoria a su edición de GODÍNEZ, F.,  Autos sacramentales. Diputación Provincial de Huelva, 1995, pp. 20-21, la profesora Bolaños mantenía aún la incertidumbre. Por el contrario, María R. Álvarez Gastón y Rosario F. Cartes no dudaban al afirmarlo en su reciente edición de GODÍNEZ, F., El soldado del cielo: San Sebastián. Fundación Municipal de Cultura. Archivo Histórico Municipal. Moguer, 2006. p. 13.

[6] Para profundizar en el estudio de las estructuras económicas y sociales de Moguer se puede consultar GONZÁLEZ GÓMEZ, A., Moguer en la Baja Edad Media. Diputación Provincial de Huelva, 1976. Aunque trata de una época anterior a la que nos interesa, es útil por la permanencia de la mayoría de sus rasgos, más si tenemos en cuenta que llega hasta 1538, fecha de la redacción de las ordenanzas municipales, que publicó la profesora PARDO RODRÍGUEZ, M. L., Las Ordenanzas municipales de Moguer de 1538. Fundación Cultural El Monte. Sevilla, 2003.

[7]Véase ROPERO-REGIDOR, D., Moguer y América en la era de los descubrimientos. Fundación Municipal de Cultura. Archivo Histórico Municipal. Moguer, 2003.

[8] La presencia de mercaderes o marinos de Moguer en Sevilla ya a principios del siglo XVI para vender esclavos está atestiguada en FRANCO SILVA, A., La esclavitud en Sevilla y su tierra a fines de la Edad Media. Diputación Provincial de Sevilla, 1979, p. 83. El estudio fundamental para el tiempo y espacio en que nos movemos es el de IZQUIERDO LABRADO, J., La esclavitud en la Baja Andalucía (I). Su proyección atlántico-africana. (Huelva, Palos y Moguer . Siglos XV-XVIII). Diputación Provincial de Huelva y Consejería de Bienestar Social e Integración de la Junta de Andalucía. Huelva, 2004. Este investigador nos dice: “Definitivamente, Portugal había ganado la partida a la costa onubense en el comercio de esclavos. Pero esto no quiere decir que los marinos de Palos, Huelva y Moguer se quedaran al margen de este negocio que habían contribuido a crear, por lo que se enrolaron en naves portuguesas, en las que eran bien acogidos por su experiencia náutica, su conocimiento de los mares americanos y porque, con su presencia, facilitaban el contrabando”. pp. 74-75.

[9] La visión más completa y reciente acerca de este asunto podemos encontrarla en SALAS ALMELA, L., Medina Sidonia: El poder de la aristocracia, 1580-1670. Marcial Pons-Centro de Estudios Andaluces. Madrid, 2008. En cuanto a la casa de Béjar, reproducimos una cita referida a sus relaciones clientelares con comerciantes vascos establecidos en Sevilla que va en la línea de lo que exponemos: “Ya observamos con los Béjar y Aguilar cómo el acercamiento entre negociantes y nobles no se hacía al azar sino a través de intereses económicos parecidos (la Carrera de Indias, la propiedad de barcos). Es preciso notar que todos los nobles vinculados por préstamos a los mercaderes vizcaínos participaban en negocios”. (PRIOTTI, J-P., “Uso material e inmaterial del dinero: un análisis social para el estudio de los patrimonios mercantiles en España y América. Siglos XVI-XVIII”. En ROBLEDO, R. y CASADO, H., Fortuna y negocios: formación y gestión de los grandes patrimonios (siglos XVI-XX). Universidad de Valladolid, 2002. pp. 62-63).

[10]Archivo Ducal de Medina Sidonia. Fondo Medina Sidonia, Legajo nº 1001. Año 1616. Patente del Capítulo Provincial de San Francisco de Sevilla que declara a los duques patronos perpetuos de toda la Provincia.

[11]La noticia más antigua de la presencia de Duarte Méndez Godínez en Moguer procede de la escritura de compraventa de un esclavo negro fechada en 2 de septiembre de1566, en la que se menciona su origen portugués, por lo que -aunque ya está avecindado en ella- entendemos no debería de llevar demasiado tiempo en la localidad, y se le designa con el apelativo de “el mozo” para distinguirlo de otro habitante homónimo de la villa. En aquellos años firmaba sólo Duarte Méndez y empezó a usar el Godínez, para diferenciarse, más adelante. De sus hermanos Sebastián y Leonor hay constancia de que se hallaban en ella en julio de 1563 y enero de 1564, respectivamente. Es bastante defendible la idea de que todos vinieran juntos. Archivo Histórico de Moguer (en adelante A.H.M.). Protocolos Notariales. Leg. 8. Año 1566. Fol. 366 rº. ; Leg. 5. Fol. 280 vº y Leg. 6. Fol. 23 vº y 24 vº. (Debo estas informaciones a la amabilidad de Diego Ropero-Regidor, director de dicho Archivo, que amistosamente me las ha proporcionado, tras dedicar parte de su tiempo a averiguar estos extremos. Quede aquí constancia de mi agradecimiento a su generosidad).

[12]BOLAÑOS DONOSO, P. y PIÑERO RAMÍREZ, P.,  estudio introductorio a la edición de GODÍNEZ, F., Aún de noche alumbra el sol. Los trabajos de Job. Edición Reichenberger-Universidad de Sevilla. Kassel, 1991. p. 6.: “Como otros muchos judeo-conversos, la familia Godínez debió de pasar la frontera en los primeros años del reinado de Felipe II, huyendo de las presiones de la Inquisición portuguesa, al parecer más severa que la española“. Sobre la dispersión territorial y la creación de redes comerciales familiares como consecuencia de la persecución inquisitorial: SARAIVA, A. J., Inquisiçao e cristaos novos. Editorial Inova. Oporto, 1969. p. 267. Conviene recordar que en Moguer existió una importante judería en la época bajomedieval, factor a tener en cuenta respecto a la creación de estas relaciones socio-económicas a las que nos referimos. (Véase GONZÁLEZ GÓMEZ, A., Op. Cit.)

[13]Un análisis detallado del establecimiento de la Inquisición en Portugal en TAVARES, M.J.P.F., Judaísmo e Inquisiçao. Estudos. Editorial Presença. Lisboa, 1987. pp.125 y ss. Las alusiones a un antepasado de Godínez sambenitado las encontramos en el Tratado y relación que del Auto de Fe de 1624 redactó Alonso Ginete y se publicó el año siguiente en Montilla.

[14]TAVARES, M.J.F.P., Op. Cit. pp. 107 y ss. y SARAIVA, A.J., Op. Cit. pp. 47-73.

[15]CARO BAROJA, J., Los judíos en la España Moderna y Contemporánea. Ediciones Arión. Madrid, 1962. (Cito por la edición de Istmo, 1986: Vol. II. p. 252). Se refiere en concreto al papel desempeñado por los colegios jesuitas en la amalgama de estas dos tradiciones.

[16]SARAIVA, A.J., Op. Cit. pp. 252-3 y 273-4. En 1563 se trasladó con su padre desde Lisboa a Sevilla -y resulta evidente que no fueron los únicos en abandonar la tierra lusitana- Rui Fernández Pereira, que sería hombre de grandes negocios y factor de Reynel, el asentista de la trata de negros, en Sevilla (VILA VILAR, E., Hispanoamérica y el comercio de esclavos. Los asientos portugueses. Escuela de Estudios Hispanoamericanos. Sevilla, 1977. p. 98). Sin embargo, CARO BAROJA, Op. Cit. Vol. I, p. 363, entiende que la gran migración se produjo a raíz del permiso de salida de 21 de mayo de 1577.

[17]Institución Colombina. A.G.A.S. Sec. Gobierno. Órdenes Sagradas. Expedientes. Leg. 57 (actual 00059). Año 1608-1609. Información de genere de Philipe Godines. Hecha en Moguer, entre el trece y el diecisiete de marzo de 1608.

[18] CARO BAROJA, J., Op. Cit. Vol. II. pp. 175-225.  BARKAI, R. :”Perspectivas para la historia de la medicina judía española”, en Espacio, Tiempo y Forma. Serie III. Historia Medieval. nº 6. Madrid, 1993. pp. 475-492.

[19] Las personalidades a las que nos referimos fueron el doctor Simón de Tovar, que escribió, entre otros tratados, De compositorum medicamentorum examine (Amberes, 1586), y el suegro de éste, el doctor Acosta, en quien creemos identificar a Cristóbal Acosta, el médico portugués discípulo del célebre García de Orta y autor a su vez del Tratado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales (Burgos, 1578) y de algunos libros muy curiosos. Aunque ningún estudioso de la obra godiniana ha dejado de subrayar su disidencia ideológica, habría que destacar al respecto los artículos de MENÉNDEZ ONRUBIA, C., “Hacia la biografía de un iluminado judío: Felipe Godínez (1585-1659)” Segismundo, nº 25-26, 1977. pp 89-130 y “Aspectos narrativos en la obra dramática de Felipe Godínez”, Criticón, nº 30, 1985. pp 201-234. Sin embargo, los rasgos heterodoxos del dramaturgo no se restringen sólo a lo religioso, aun siendo esto capital en nuestro autor.

[20] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 71. Año 1617. Fol. 266 vº: El licenciado Felipe Godínez recibe de Francisco de Olivares, mercader, 40 ducados por la almendra dulce de la cosecha de ese año. 20 de abril de 1617.

[21] BOLAÑOS DONOSO, P., Op. Cit.  p. 47-48.

[22] Acerca de la tolerancia de las autoridades para permitir legalmente el paso de marranos portugueses a Indias o los medios clandestinos para burlar la prohibición que algunos emplearon puede verse DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Los judeoconversos en España y América. Istmo. Madrid, 1971. pp. 132-139. Para la tendencia a abrazar el estado eclesiástico por descendientes de conversos consúltense: Ibíd., pp. 152-158 y CARO BAROJA, J., Op. Cit. pp. 227-234.

[23] Institución Colombina. A.G.A.S., documento supracitado. Archivo General de Indias. Contratación, 5380, nº 35. Probanza de D. Alonso Godínez, hijo del licenciado Jorge Méndez Godínez, para la obtención de despacho que le permita pasar a Indias. Hecha en Moguer, a veintitrés de febrero de 1622.

[24] Institución Colombina. A.G.A.S., Doc. Cit.

[25]Archivo Municipal de Gibraleón. Protocolos Notariales. Leg. 954. Año 1618. Fol. 146 rº.

[26] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 32. Año 1593. Fol. 661 rº.

[27]Nos referimos, obviamente, al proceso inquisitorial que alcanzó a varios de sus integrantes.

[28] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 47. Año 1604. Fol. 270 rº.

[29] SARAIVA, A.J., Op. Cit., p. 227: “Uma vida secreta se constituía assim no interior destas familias, que, já por isto, já pela pressao externa das leis discriminatórias, tendiam a solidarizar-se e a aliar-se entre si”.

[30] La relación del doctor Simón de Tovar y doña Isabel de Acosta con el eximio humanista y capellán de Felipe II, junto a otros datos sobre el médico portugués, queda muy bien reflejada en GIL, J., Arias Montano en su entorno (Bienes y herederos). Editora Regional de Extremadura. Mérida, 1998. pp. 141-156.

[31]A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 69. Año 1616. Fol. 234 vº. Poder del capitán Francisco de Céspedes y Velasco, vecino de Moguer, a Cristóbal Ximénez Gómez, corredor del conde de Olivares, vecino de Sevilla, otorgado el 13 de mayo de 1616.A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 71. Año 1617. Fol. 544 rº. Reclamación por Jorge Díaz, vecino de Moguer, de lo corrido de un censo que le pagan Juan Gallardo de Céspedes, Veinticuatro de Sevilla, teniente de los Reales Alcázares de dicha ciudad, y su mujer, doña Beatriz de Ribera, en cuyos nombres sale por fiador el capitán Francisco de Céspedes y Velasco, alcalde ordinario y vecino de Moguer, su hermano. Reitero mi agradecimiento a D. Diego Ropero-Regidor, a quien debo la referencia bibliográfica sobre su mandato en Indias (PEÑA, E., Don Francisco de Céspedes. Noticias de un gobierno en el Río de la Plata, 1624-1632. Buenos Aires, 1926)

[32] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 54. Año 1608. Fol. 556 rº.

[33]LÓPEZ PÉREZ, M. y REY BUENO, M., “Simón de Tovar (1528-1596): redes familiares, naturaleza americana y comercio de maravillas en la Sevilla del XVI”. DYNAMIS, Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus., 2006, 26. pp. 69-91.

[34] Cristóbal Ximénez Gómez ya servía como contador a don Enrique de Guzmán, segundo conde de Olivares -padre del celebérrimo don Gaspar- que murió en Madrid el 26 de marzo de 1607. Vid. HERRERA GARCÍA, A., El siglo de don Pedro de Guzmán. La villa de Olivares, los condes y el condado en el siglo XVI. Diputación Provincial de Sevilla y Ayuntamiento de Olivares. Sevilla, 2003. p. 100.

[35]A.M.G. Protocolos Notariales. Leg. 950. Año 1615. Fol. 204 vº. Poder de don Félixde Guzmán Santoyo, caballerizo mayor del duque de Béjar, residente en Gibraleón, a Cristóbal Ximénez Gómez, alcaide de la fortaleza de Cartaya y contador de los Reales  Alcázares de Sevilla. El 3 de diciembre de 1604 los duques de Béjar, don Alonso Diego López de Zúñiga y doña Juana de Mendoza, en su villa castellano-leonesa, otorgaron poder “al licenciado Méndez Godínez, nuestro alcalde mayor, y a Cristóbal Ximénez, nuestro contador”. Archivo Histórico Provincial de Salamanca. Protocolos de Béjar. Leg. 819-3. Años 1601-1604. Fol. 171 rº.

[36] El licenciado Alfonso Váez de Acosta ejerció para la Casa de Béjar, entre otros, los       cargos de corregidor de Burguillos y de la villa y marquesado de Gibraleón. A.H.M.     Protocolos Notariales. Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 rº y Leg. 37. Año 1596. Fol. 168 vº.

[37] Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Leg. 2.787. 1601. Libro 1. Fol. 813 rº. Archivo Histórico Provincial de Sevilla (en adelante A.H.P.S.) Protocolos de Gerena. Año 1619. Folios sin numerar. 13 de diciembre. A.H.P.S. Protocolos de Sevilla. Leg. 4.291. Ofº 6. Año 1624. Libro 1º. Fol. 570 rº.

[38]Acerca de la composición y funcionamiento de la corte y la cámara de Sanlúcar de  Barrameda o de las agencias que el duque de Medina Sidonia tuvo en Madrid, Sevilla o Granada y de los servidores distinguidos que en ellas se empleaban debe consultarse SALAS ALMELA, L., Op. Cit. pp. 81-103 y “La agencia en Madrid del VIII duque de Medina Sidonia, 1615-1636”. Hispania. Revista Española de Historia, 2006, vol. LXVI, nº 224, pp. 909-958.

[39]Institución Colombina. A.G.A.S. Doc. Cit.

[40] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 rº. La escritura es del 3 de    enero de 1593, pero está inserta en el legajo de 1594.

[41]A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 36. Año 1596. Fol. 282 rº.

[42]A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 79. Año 1621. Fol. 385 vº. El licenciado Lorenzo de Sosa, clérigo presbítero, vecino de Moguer, da poder al padre fray Álvaro Gómez, su hermano, de la orden de San Francisco. A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 48. Año 1605. Fol. 18 rº. Poder de Duarte Méndez Godínez a fray Álvaro Gómez, su sobrino.

[43] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 5. Año 1563. Fol. 280 vº; Leg. 6. Año 1564 Fol.603 vº; Leg. 8. Año 1566. Fol.389 vº; Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 rº y Leg. 67. Año 1615. Fol. 529 vº.

[44] Las locuras del P. Méndez. Cartas de D. Juan de la Sal al duque de Medina Sidonia. Edición, prólogo y epílogo de RODRÍGUEZ MARÍN, F. Ediciones Hispanoamericanas. Madrid, 1920.

[45]BOLAÑOS DONOSO, P., Op. Cit. p.38.

[46] Por citar a uno sólo, HUERGA, A., Historia de los alumbrados. IV.- Los     alumbrados de Sevilla (1605-1630). Fundación Universitaria Española. Madrid, 1988.   pp.155-175 y 290-291. Este investigador le consagra un capítulo entero de su libro, el V, que titula: “La farsa seudomística del P. Méndez”. Básicamente glosa las cartas de don Juan de la Sal y repite la sentencia del auto de noviembre de 1624. No obstante, aporta documentación nueva procedente de la correspondencia entre el Consejo General de la Inquisición y el tribunal de Sevilla.

[47]A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 25. Año 1585. Fol. 657 vº y  Leg. 6. Año     1564. Fol. 23 vº, 24 vº y 217 rº.  De nuevo estoy en deuda con D. Diego Ropero-Regidor, que me ha proporcionado los documentos referidos a estos miembros de la familia, y cuya colaboración ha sido de enorme valor para la redacción del presente artículo.

[48]Archivo General de Indias. Pasajeros, L.6, E. 3990. 13 de febrero de 1582.

[49]BOLAÑOS DONOSO, P. y PIÑERO RAMÍREZ, P.M., estudio introductorio a GODÍNEZ, F., Op. Cit. p. 5.A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 63. Año 1613. Fol. 644 rº.

[50] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 39. Año 1597. Fol. 163 rº.

[51] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 43. Año 1600. Fol. 562 rº. Poder de doña María Denís, mujer legítima de Duarte Méndez Godínez, para cobrar 400 reales de los herederos y albaceas de Elena de Osorio, su cuñada.

[52] A.H.P.S. Protocolos Sevilla. Leg. 9.215. Of. 15. Año 1577. Libro 2º. Fol. 120 vº.

[53] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 43. Año 1600. Fol. 562 rº. Poder de doña María Denís, mujer legítima de Duarte Méndez Godínez, para cobrar 400 reales de los herederos y albaceas de Elena de Osorio, su cuñada.

[54] BOLAÑOS DONOSO, P., Op. Cit. p. 46.

[55] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 38. Año 1597. Fol. 15 vº y Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 rº.

[56] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg.41. Año 1598. Fol. 54 vº. Duarte Méndez Godínez y Dª María Denís hipotecan las casas de su morada en la calle de vicario viejo al pago del tributo de unas casas que toman a censo redimible.

[57] BOLAÑOS DONOSO, P. y PIÑERO RAMÍREZ, P.M., en su introducción a GODÍNEZ, F., Op. Cit. p. 5.

[58] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 34. Año 1595. Fol. 503 vº. Poder que otorga junto con sus padres, en el que declara ser mayor de veinticinco años. La fecha: 15 de noviembre de 1595.

[59]A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 34. Año 1595. Fol. 296 rº. Escritura de emancipación de su tutela paterna concedida por Duarte Méndez a su hijo Tomás Denís Manrique, que, en palabras del escribano, “según su aspecto parece ser de veinticinco años”, en 2 de septiembre de 1595.

[60] A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 vº. Al firmar en la    carta de promesa de dote de su hermana Ana, en enero de 1593, era mayor de catorce años.

[61] Ambas hermanas eran mayores de doce años en enero de 1593, cuando aún se  llamaban Leonor Méndez y Felipa Denís. (A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 33. Año 1594. Fol. 8 vº). En el poder que firman con su padre el 5 de abril de 1604 declaran ser mayores de veinte años y estar debajo del poderío paternal, luego no habían alcanzado la edad de veinticinco. En este documento se nombran las dos con                    el apellido Godínez (A.H.M. Protocolos Notariales. Leg. 47. Año 1604. Fol. 270 vº).

[62] Méndez era lo suficientemente común para no necesitar mudarlo por otro, bastaba con emigrar del lugar de la deshonra. Los Denís continuaron viviendo en   Lisboa durante muchos años después de la anexión de Portugal a España, conservando   el apellido. La mujer y los hijos de Jorge Méndez Godínez, abuelo del poeta, vienen a refugiarse en Moguer en 1563, cuando queda abolido el decreto que impedía la confiscación de bienes a los relajados por la Inquisición. Puede incluso que ya antes, huyendo, se hubieran detenido en el Algarve. ¿De dónde procederían? ¿De Lisboa?  Permítasenos una nueva interrogante: ¿Tendrían algo que ver con Francisco Méndez, médico del rey y del cardenal don Alfonso, que fue quemado en Lisboa en 1541 y cuya madre, Isabel Méndez, también fue procesada? (Véase TAVARES, M.J.P.F., Op. Cit. pp. 81 y 164).

[63] Véase  DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Autos de la Inquisición de Sevilla (siglo XVII). Ayuntamiento de Sevilla, 1981. pp. 77-78.